Epílogo

por Tuna Raspa                 

            El que lea esto ya sabrá que Yoser Pez ha muerto.

Ha muerto al pie de la letra, como le gustaba decir a él. Tres días después de la llegada de la primavera de este año 165 después del Derrumbe. Al atardecer. Inclinado sobre sus memorias, que aparecen ahora por última vez en los postes del malecón.

 Es una gran pérdida. Con él muere un símbolo. De qué, hubiera preguntado Yoser, con una sonora carcajada. Era un hombre muy divertido. Civilizado en el sentido más civilizado del término. Jugaba con las palabras como yo lo hago con las máquinas. Él era más profundo, claro, por eso me resulta más difícil hablar de él.

La verdad, no me siento triste. Ha sido un funeral sencillo y amable. Los amigos de siempre, la gente de la escuela,  el sonido de las lágrimas… algunas personas que se movían como sombras alrededor del pozo de los pulpos azules donde hemos arrojado su cuerpo, y que me perecieron extrañas, aunque no podría asegurarlo, no veo muy bien, palmo y medio por delante de las narices y lo demás es niebla… Este epílogo se lo estoy dictando a Aleta Lapiedra, eso lo dice todo. Supongo que ella lo corregirá. Confío en que lo haga.

Después del funeral nos reunimos todos en la casa de Yoser y nos dispusimos a repartir sus pertenencias entre sus allegados. La mayoría somos viejos y conservamos la costumbre del expolio, para nosotros es un modo de agradecimiento. Cada uno puja por el objeto que quiere recibir en herencia y reivindica su derecho a tenerlo contando alguna historia o tocando alguna pieza de música que vincule dicho objeto con él y con el fallecido. Y ha sido impresionante la cantidad de historias sobre Yoser Pez que han contado los amigos para hacerse con sus pertenencias. Y la mayoría de ellas no estaban en sus memorias. Curioso.

El conjunto de lo narrado esa noche servirá sin duda para una continuación de sus memorias. Han sido muchas horas de charla, a pesar de nuestra edad y escasa resistencia, propiciado en parte por Aleta Lapiedra, que todavía es una niña y probablemente sea la encargada de hacerse con todos los papeles de Yoser. Todavía estamos hablando de ello. Por mi parte ya avisé antes de la puja que los dejaba a disposición de la comunidad, no me veo con fuerzas para encargarme de ellos. Espero que gracias a ese legado Aleta sepa plasmar las historia de este pueblo marinero, que todavía sigue despertando, y las memorias de Yoser Pez serán sin duda el punto de partida, el precedente, del mismo modo que el Preludio del promontorio, la obra máxima de Yoser, por no decir la única, ya que toda su obra posterior giraba en torno a esa pieza, será sin lugar a dudas, ya lo es, la música clásica de Alagua. Es por eso que alguien que quiso tener siempre tan poca importancia terminará teniendo tanta. Y quizá por eso precisamente cometió la temeridad de legarme sus memorias, sus notas, sus apuntes y sus pensamiento, para fastidiarme la vejez como él se fastidió la suya. Ya le dije que se embarcaba en una tarea imposible si pretendía contar su historia para un mundo que desprecia de nuevo las palabras, que no tiene interés por el significado de las cosas. Ahora todo tiene que ser real, implacablemente sujeto al hecho, como si lo que sucede fuera la única certeza. El olvido voluntario nos hace necios.

Pero los años dan perspectiva, ser viejo es un modo de lucidez, y haber vivido estos tiempos intrépidos y proteicos un privilegio. Algo que merece ser recordado. Pensar que nacimos a veinte metros bajo las aguas, aquí mismo, debajo de la dársena y los malecones, donde no llega ni la sombra del pantalán en un día de aguas claras, eso es sin duda tener historia. Y las memorias de Yoser, aunque inciertas y por momentos alucinadas, son una prueba fehaciente de que nosotros vivimos y habitamos este lugar. Somos de Alagua, la Vieja, somos los testigos de su existencia. Y aunque el tiempo pensado convierte a menudo el pasado en truculencia, mera disculpa o intento de exculpación, a nadie vendrá mal saber de nosotros. Saber que fuimos.

            He releído lo publicado por Yoser en los postes del malecón, para tener una visión de conjunto y he encontrado todo menos eso. Yoser escribía, en cierto modo, como hablaba. Más pendiente de la fascinación del párrafo, de la anécdota, del momento, que de contar la historia. Hablaba desde el deslumbramiento, como si cada cosa que decía terminara de descubrirla segundos antes. De esas personas que te gritan que la Tierra es redonda, como si no fuera del dominio público. Este modo de mirar, sin embargo, tiene su aliciente, ya que hace que observemos lo normal como excepcional. Es algo que les pasa a los restauradores de Alagua, se pierden en los detalles, viven fascinados. Yo no soy restauradora, siempre he podido salir de Alagua y aunque lo hice poco, he viajado hasta el Vertedero Rodríguez y un poco más allá, algunas cosas de las que cuenta Yoser se las conté yo, pero siempre he vivido con un pie aquí. Es como si no hubiera salido nunca.

            Alagua es un lugar pequeño, aunque su nombre resuena en todas partes, lo cual es un honor. En un mundo tan musical como el nuestro somos una fuente de inspiración, un referente, un lugar donde la música impera por derecho. Aquí todavía se puede conseguir un plato de comida con un buen estribillo, un solo instrumental o cantando una canción cualquiera con verdadero sentimiento. Creemos que parte de la esperanza de la vida, quizá la esencia, se encuentra en la música, y confiamos en ella. Nosotros somos música, sólo tenemos que escucharnos con más atención.

            Como mi amigo Yoser Pez no tuvo ocasión de despedirse, lo hago en su nombre:

 ¡Salud, buena gente!

                ALAGUA. Noveno día de primavera. Año 165 después del Derrumbe.

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