8.-El chico del ocaso

“Todos tenemos mucho miedo, todos estamos muy solos, todos estamos muy necesitados de alguna confirmación exterior de que merecemos existir”

                                                                                     El buen soldado, Ford Madox Ford.

 

Basado, de nuevo, en los diarios del Coche huevo.

Todo el que escribe un diario se pregunta en algún momento por qué lo hace. Por qué siente la necesidad de contar la vida mientras sucede. ¿Por miedo a perderla si la confía a la frágil memoria, o sea,  para sujetar cada recuerdo con riendas de palabras, de modo que lo sucedido no pueda ser desmentido con tanta ligereza; o, sencillamente, para contar con un registro de la extinción que somos al sobrevivirnos a nosotros mismos?

 Mientras releo mis diarios me llaman la atención los pasajes en los que me reconozco, pero mucho más aquellos en los que me siento ajeno, aun identificando mi letra y sabiendo que no pudo ser otro el que los escribió, aquellos pasajes que consiguen que me ponga colorado, me sienta incómodo y al final reniegue de mí mismo. Inevitablemente, soy el resultado de mi propia evolución, y por selección personal he ido eliminando de la multitud de seres posibles que era al nacer a todos los que impedían que se desarrollara mi proyecto, sin saber exactamente en qué consistía, dejando a mi paso un rastro de ceniza... He cometido, conmigo mismo, una feroz esquilmación.

 En algún lugar de mi memoria oculta, ocultada, están todos los que fui y dejé a un lado, los individuos que siendo yo mismo más me avergonzaban: mi yo insoportable, mi yo colérico, mi yo mentecato, pero también el que más podía amar, aunque fuera de un modo exagerado, el más hermoso, el más entregado, el más ingenuo; y  el más temerario, aquél que hubiera saltado y se hubiera despeñado o, de no hacerlo, alcanzado una gloria mayor. Nunca lo sabré... Todos esos individuos que ahora me resultan tan extraños, y que repudio al encontrarlos en mis diarios, son especies extintas de mí mismo, pero forman parte de mí.  Quizá sea necesario, y prudente, sentir por ellos una cierta añoranza.

Este capítulo está dedicado a todos las personas que fui durante mi estancia en el Horizonte oxidado, seres reales que tuvieron una existencia temporal y que mi memoria ha querido borrar para que sobreviviera el que me dio origen, el que reconozco como mi legítimo antepasado: el Chico del ocaso. Ese muchacho pertinaz con la mano alargada y los dedos extendidos que intenta rozar el esplendor.

La duda lógica, y necesaria, es si el Chico del ocaso era el mejor de los individuos posibles que había en mí.  Puede que me equivocara en la elección. Pero ya se sabe, entonces era joven, impetuoso y, lo peor de todo: Creía.  A fin de cuentas, como decía el filósofo Amartya Sen: “Tener identidad, es tener la ilusión de un destino”.

 

                                                                                    Yoser Pez, año 163 d.d.d.

 

 

23 enero, año 108 D.D.D.

            Poco después del amanecer, sentí frío y salí tiritando del Coche huevo. El invierno estaba posado sobre las cosas, bien agarrado, decidido a quedarse. Nada se esforzaba en exceso por despertar; incluso el sol parecía estar poco dispuesto a hacer su trabajo. Caminé dando saltitos, como un anciano encogido y avaro, recogiendo papeles, hojas secas, restos de plásticos, y con ellos amontonados reavivé la hoguera. El calor perezoso fue abriendo despacio en la escarcha un círculo de objetos, desperezados de la larga noche anterior: la banqueta de seis patas, el palo atizador con su empuñadura de lata, la docena de libros marcados y mordisqueados, un sinfín de partituras rotas... Leí en ellas fragmentos de ruidos inconexos, las recogí todas y las tiré al fuego. Necesitaba moverme.

Salí en busca de combustible, pero sin agobios. Me sentía como una hormiga tenaz, con la dejadez plácida de una cigarra, sabiendo que tenía leña suficiente para aguantar hasta el final del invierno. Lo que buscaba era gas, prisa, para encender siempre la hoguera como un dios que dispara rayos con las manos. Pero no es fácil encontrar combustible, hay que tener suerte, y disponer de tiempo. Le dediqué media mañana y  cuando ya estaba a punto de dejarlo, entre un amasijo de hierros que rezumaban gasolina, encontré una lata grande, usada, de pintura, llena de tiras de plástico fosforescente. Más de mil. Es un tesoro fabuloso.

He pasado el resto del día en plan frenético, de un lado a otro, sembrando tiras fosforescentes en los alrededores del Coche huevo, y a lo largo de un camino que recorre el borde interior del Horizonte oxidado hasta detenerse justo enfrente de Alagua, donde tengo un observatorio. Estoy nervioso y excitado, lapicero en mano. Intento tomar nota de todo, pero la mitad de la realidad me la pierdo porque estoy tomando nota de la realidad. El equilibrio entre Vivir y Registrar es delicado. Me detengo para observar cómo cae la tarde, más lenta de lo que yo quisiera, aunque sé que no podría reproducir con palabras la caída de la tarde, aunque empleara la vida entera... En los márgenes de este mismo cuaderno, el número 17 de mis diarios, he pegado tiras fosforescentes. También en el lapicero, en mis manos, en la ropa, y en las sandalias.

Está anocheciendo, y todo comienza a brillar. En la explanada que tengo delante se van perfilando los objetos que he marcado de antemano. Desde aquí, el interior del Coche huevo, veo una línea de color amarillo claro que llega hasta el retrete impresionante que he construido para mi entera satisfacción... Es increíble cuánto cambia una persona cuando ha construido su primer retrete, y a la distancia justa de su casa, para no tener que vivir en la contención de la heces. Me gusta mi campamento. He marcado un círculo intermitente, de doble línea, que rodea esta zona. Estoy acorazado de luz.

Ahora mismo salgo en dirección a Alagua. No sé si aquí, en este punto, debo decir Punto, para indicar que voy a cerrar el cuaderno, y que cuando lo abra de nuevo estaré en otro sitio... Bueno, pongo Punto, a ver qué pasa.

            Y pasa esto: abro de nuevo el cuaderno, y ya estoy en otro sitio. Miro hacia atrás: desde la última anotación calculo que he recorrido unos cuarenta metros. Hasta ahora las dificultades han sido nulas. Las tiras fosforescentes son maravillosas, alumbran un ancho equivalente al de mi cuerpo, que se ve ampliado con las estelas luminosas que dejan mis pies al moverse. Trastabillo un poco al intentar escribir mientras camino. Veo el cuaderno iluminado con una nitidez... astral. Me alejo un poco más del campamento base. Escucho el primer crujido. Me detengo. Espero. El suelo tiembla. Casi al instante pasa bajo mis pies una ondulación tenue, casi imperceptible. A poca distancia delante de mí, las tiras fosforescentes se separan bruscamente, saltan, y cuatro de ellas desaparecen. Camino hacia allí.

            Ahora estoy observando la grieta. No tiene más de un metro de ancho. Marco con una línea de tiras fosforescentes el borde de este lado, salto por encima, marco el otro lado, y sigo adelante. A una cierta distancia, vuelvo la cabeza y compruebo que la grieta se distingue perfectamente. Esto es fabuloso. Hubiera necesitado trabajar un año entero para conseguir las antorchas suficientes para señalar este camino.

Como estoy iluminado, me encantaría saber si soy visible desde lejos, si los míos saben de mi existencia. A mi derecha puedo ver ya las luces de Alagua. Subo un ligero repecho, formado alrededor de un hoyo profundo, me acomodo en la zona de observación que dejé marcada, y tomo posiciones. Tengo un buen asiento, algo de comida,  y bebida. Me espera una noche larga, aún más larga que la anterior. Ya son demasiadas noches en vela, y mucha partitura destrozada sin ninguna gracia. Pero al menos queda mirar...

            Alagua. Alagua está cambiando a una velocidad impresionante, algo que durante el día no se puede apreciar con tanta claridad. Cuando me marché de allí, hace casi dos años, apenas había una cruz de luces que indicaba el camino principal y el desvío hacia la playa. Todo un logro humano que agrupaba a la población alrededor de un mismo lugar, la escuela, con su aspa de molino en lo alto, generando su propia electricidad. Una tecnología que tardamos seis meses en traer desmontada desde el Vertedero Rodríguez. En ese momento el progreso, las iniciativas, cualquier intento de cambiarlo todo de la noche a la mañana salían de la escuela, a la que también acudían en principio los adultos. Pero ahora la escuela es sólo un punto de luz; hay que saber dónde está para identificarla. Llama más la atención una constelación de luces junto a la planta Potabilizadora. Hay allí una gran actividad humana que trasiega agua a una población mucho más apelotonada que antes. También hay un núcleo especialmente intenso de luz en un recodo, junto a los acantilados, un lugar feo, marginal, cuya importancia no soy capaz de deducir. Y además están las Marismas, bien  iluminadas, con una gruesa línea de luz umbilical que las conecta con Alagua. Es un hecho que este vertedero ya no se detiene al llegar la noche. Y por lo visto son muchos los que, como yo, sólo aparecen después del ocaso. También hay mucho más ruido que antes, y cantos nuevos, fruto precisamente de esa noche iluminada. Voces, tonadas, y lamentos no tan colectivos como los que dejé atrás; más íntimos, particulares, de historia hermética pero sentimientos compartidos. Ahora mismo se escucha una canción desgarrada, entrecortada... y el oído inventa:

 y la vida se me ha quejado...

por dejarla tan solita...

sin mí...

que ya soy botella...

 

El traqueteo de una carreta apaga las voces, y la canción se pierde.

            Tengo frío. Escribir a la intemperie me deja aterido, pero merece la pena. Aquí, sentado, tomando notas, me siento majestuoso. Distante. Miro hacia Alagua, los veo moverse, allá abajo, como puntos diminutos, e intento imaginar qué estarán haciendo además de lo obvio, de la rutina de la vida. Me sorprenden sus voces, lo mucho que hablan entre ellos, como si necesitaran manifestarse,  decirse a los demás para saber algo de sí mismos; y ahora que la noche tiene luz artificial no dejan de hablarse ni un solo instante. Qué diferente es todo para mí, qué desconocido...

Yo soy un habitante de Alagua, pero yo soy yo. Cuando era niño había exactamente treinta y siete costumbres que se pueden calificar como populares: entregar piedras a los músicos cuando eran malísimos y groseros, no dirigirnos la palabra salvo que fuera estrictamente necesario, no pedir nunca ayuda aunque no pudieras hacerlo solo, o sea, no buscar disculpas para crear grupos, cada uno a lo suyo. Nuestras costumbres no nos unían, nos separaban. A los diez años yo no había mantenido lo que se dice una conversación consistente en mi vida. Lo cual fue una enorme ventaja. Visto lo visto, ahora que la gente vuelve a estar medio organizada, me alegro de no haber sido destrozado por el grupo. Yo salí adelante a base de ganar independencia respecto a la incertidumbre del entorno. Me crié a mi antojo,  como Tuna Raspa y mis amigos, que bastantes problemas había aquí entonces como para andar haciendo caso a los demás... Todo esto nos permitió desarrollar personalidades diferentes, muy diferentes, cada uno a su gusto, y con el suficiente punto salvaje como para que nadie nos pisara el terreno. Puede que en mi ausencia, Alagua esté destrozando a mis amigos, y también rompiendo toda posibilidad de que yo pueda regresar. Si es que alguna vez se regresa...

Últimamente, la vida se ha convertido para mí en un caos de descubrimientos. Hay tanto por aprender que no tengo tiempo para asimilar todo lo que aprendo. Paso por encima de las cosas, el conocimiento me deja insatisfecho, en vez de llenarme me vacía, y no soy capaz de fijar nada sólido en las partituras. Veo a la gente de Alagua caminando en alguna dirección, y yo sólo observo la superficie de las cosas, y a ellos como objetos que se mueven en un territorio que, cada día pasa, es más ajeno a mí. Tengo miedo a que la impotencia me amargue el carácter. El compromiso adquirido de componer el Preludio del Promontorio, y recibir a cambio el apoyo constante de La Remi, Serena Fala y el maestro Dosi, y mis amigos... Ese compromiso me produce ansiedad, desconfianza, resquemor. Quisiera no deberle nada a nadie. No sentirme obligado. Que todo fuera tan sencillo como respirar. Tan natural como el brillo de las estrellas.

Miro las estrellas. Un misterio imponente. Me pongo en pie con el cuaderno bien sujeto entre los brazos, escribo esto, y giro sobre mis pies, como un remolino clavado al suelo. Pero más lento. Miro en mi interior, y todo lo demás desaparece. El mundo gira conmigo. Yo soy mi propio territorio

—Io

Mi territorio

—Ioo

Las palabras resuenan en mi cabeza, hacen eco y

—Beioo Iooo Iooo Iooo.

Un momento. Todo lo que hago, suena. Muevo el cuaderno hacia abajo

—Yeee yyyy oooo.

¿Me estoy convirtiendo en música o qué? Salto y giro

—Ooooooo Ioyoio Io Io Io

Esto es increíble, no puede estar sucediendo. Me detengo. Escucho.

Nada.

Levanto un pie

—Io.

¿Me estoy volviendo loco o qué pasa?

Sigo escribiendo, y cada movimiento que hago, por imperceptible que sea, genera un sonido que rebota en el hoyo profundo que hay junto a mi observatorio y a continuación se eleva hacia lo alto. ¡No me lo puedo creer! ¿Así que era esto? A esto le llaman genialidad. ¿Es esto lo que se siente?

—Yo soy

—Yooooo

—Yoser Pez

—Ziooooo

Bailo sobre mis sandalias y grito. Todo es música...

 

Voy a interrumpir aquí la trascripción. En parte porque es escritura automática, desvaríos que se extienden hojas y hojas, y porque siento vergüenza de las tonterías que dice. Dice él. No me identifico con él, aun siendo yo. Menudo tipo más megalómano. ¡Quién se creía que era!

 No me gusta este individuo, hay en él una falta de pulsión que no me corresponde. Un merodeador es algo que siempre he despreciado. La distancia es algo que debe determinarse de antemano  y trazarse minuciosamente para que tenga un sentido. Yo me alejé de Alagua para retener aquel tiempo, aquel momento encerrado, y condensarlo en el Preludio del Promontorio... Pero merodear así, alrededor de algo en lo que no se participa, imbuido de condescendencia, envidia y nostalgia. Siempre he huido de esa gelidez contemplativa y lacerante que no cesa de juzgar, careciendo a la vez de valor para arriesgar una sentencia. Y además, confiar en la inspiración celeste... no encaja conmigo.

            Sin embargo, curiosamente, Tuna Raspa afirma que este día de mi diario me representa mejor que muchos días puramente Yoser, como dice ella. Ese individuo del que yo reniego y anulo es el que siempre está a punto de aparecer, el que se intuye y teme en mí. Luego él, por oposición, habla de mí...

            En cualquier caso, la situación descrita este día tan particular de mi diario generó un ridículo espantoso que justifica que haya interrumpido la trascripción. Me explico:

28 febrero, año 109 D.D.D.

            A media mañana llegaron hasta mi campamento un grupo numeroso de personas. Sobre todo niños. Venían acompañados por Serena Fala y el maestro Dosi. Dijeron que era algo relativo a mi diario. En concreto, mi danza musical fosforescente, cuando yo fui y me sentí uno con la música.

—Me gustaría que nos llevaras al lugar donde escuchaste esos sonidos —dijo Serena Fala.

—No es un lugar —afirmé—, es un estado de la mente...

—Ya, lo que tú quieras —insistió—, pero llévanos a ese lugar.

Serena Fala miraba mi campamento con desprecio. El maestro Dosi y La Remi también me miraban raro. No sabía lo que pasaba, y no quise discutir. Les pedí a todos que me siguieran, se formó una larga fila de gente y llegamos junto al Hoyo profundo. Les señalé el lugar. Serena Fala se colocó sobre el sitio y comenzó a manotear y a moverse como una boba.

—Es un estado de la mente —insistí, sin querer ofenderla. La Remi se acercó a mí por la espalda:

—Puede que hayas tenido la suerte de encontrar un theremín, Yoser — y ella misma se explicó— Es un instrumento electrónico antiguo. Como un violonchelo con voz humana. Si tiene batería suficiente para seguir funcionando, podría conservar su memoria y contener grabaciones muy valiosas: ritmos, melodías, fragmentos de canciones...

—Pero esa noche yo no toqué ningún instrumento.

—El theremín no se toca. Tiene dos antenas, genera un campo electromagnético, el intérprete altera con sus manos ese campo y entonces suena. Pero al ser antiguo y estar enterrado, con moverte encima...

—Quizás se haya caído al hoyo—dijo Serena Fala, y al momento fijaron un punto prudentemente alejado del borde, clavaron una pica, comenzaron a sujetarle cuerdas y poco después ya estaban descendiendo a las profundidades. Les dije que era un sitio inestable, un hoyo no es una grieta pero tampoco un lugar seguro, pero no pareció importarles demasiado.

Yo observaba todo aquello con la misma perplejidad y el desencanto que el resto de las actuaciones de Serena Fala y los suyos, a los que sentía de nuevo distantes, intrusos en Alagua, gente capaz de destruir cualquier magia de la vida con explicaciones repugnantemente científicas. Pero lo he consultado, un theremín no es un instrumento mítico, existió, por increíble que parezca. Aunque eso no prueba que aquella noche iluminada yo bailara sobre un theremín...

Siguieron bajando al hoyo hasta el atardecer, sobre todo los adultos, y conforme aumentaba la profundidad también los niños. No encontraron nada. Estaban visiblemente decepcionados, sobre todo Serena Fala, y antes de marcharse la pagó conmigo. Yo estaba sentado en el Coche huevo y vino hasta allí con varios niños. El más pequeño quería tocarme:

 —Tu eres Yoser Pez, el chico del ocaso.

—Así te llaman los niños —me explicó Serena, y luego le dijo al niño pequeño: —¿Ves cómo es de verdad? Yoser Pez existe.

El niño me tocó y retiró la mano. Pensé que era una broma, pero los ojos del niño decían lo contrario. Aquello me sacó de quicio:

—Me estáis acosando, dejadme en paz.

—A estas alturas, casi damos tu obra por perdida, Yoser. ¿En serio crees que si profundizas tanto en ti mismo llegarás a alguna parte?

—Si fuera a alguna parte, no estaría aquí.

—¿Cómo crees que comprenderán nuestros oídos de ahora la música que tú estás dejando morir en tu interior por dejar que pase el tiempo de esta forma?

—Es mi vida...

—No pienses tanto, Yoser. Hazlo. Escribe el Preludio. Ya. Sin dilación, o se perderá.

En ese momentos la odié, profundamente. Porque tenía razón. Miré al niño pequeño y le dije, acariciando su cabeza:

—Yo soy real. Soy un compositor.

—¿Y volverás con nosotros?

—Volveré.

—¿Cuándo?

No supe qué decir. El niño esperaba. Serena Fala me miró, exigente.

—Muy pronto.

El niño pequeño sonrió. Serena Fala lo mandó con los otros, y se alejaron.

—Hemos decidido que no te enviaremos más libros, más música grabada, nada de nada.

—¡Por qué!

—Lo que tienes es suficiente. Entiéndelo, Yoser, si sigues así te convertirás en leyenda. Debes regresar.

—Y el Preludio...

—Escríbelo como quieras, como un acto desesperado, pero hazlo Yoser.

Y se marchó. Al caer la noche todo comenzó a funcionar mal en mi interior.

 

1 marzo, año 109 D.D.D.

            Después de lo salvaje viene lo doméstico. Supongo que forma parte de la dictadura del procedimiento, algo que se impone como necesario para sobrellevar la labor creativa. No puedo deambular por ahí con grave riesgo físico y tener a la vez la concentración necesario para seguir con el Preludio del Promontorio. Tampoco es malo que tu mundo se encuentre restringido, que existan unos límites que las condiciones ambiéntales y tú habéis establecido. No importa demasiado si es por conveniencia, por cobardía, o porque el mundo es simplemente adverso y cruel. Una vez llegado a un acuerdo, todo lo que queda fuera queda fuera, lo puedes imaginar pero no está, y lo que queda dentro es el mundo personal, lo que conquistas en muy poco tiempo, y que luego la familiaridad se encarga de que lo mires con tanta rutina que cualquier cambio insignificante se te antoja una verdadera aventura.

Ahora veo mi vida aquí, en el Horizonte oxidado, como una experiencia única que va sacando su propias conclusiones. Mirando así el Horizonte oxidado, desde una posición segura, se pierde de repente todo el lirismo y las cosas adquieren su propia textura. Este lugar es una biblioteca de chatarra.

Es curioso, verdad, cuántas cosas se comían en lata en los tiempos de los Anteriores. Como si enlatar las cosas fuera un requisito previo para ingerir y alimentarse de algo. Todo había que someterlo a un proceso de alteración por desecado, aceitado, avinagrado, liofilizado, en fin, embotado... Miro los restos de etiquetas, jeroglífico que sin embargo entiendo en parte: tantos conservantes, estabilizantes, y esa palabra mágica: los coadyuvantes, como si alguien hubiera estudiado y desmenuzado cada producto, cada alimento, hasta sus compuestos naturales, y hubiera determinado la muerte de cada uno de esos elementos, su oxidación, y en función de ello hubiera encontrado otro elemento contrapuesto que lo equilibraba, que retardaba y detenía esa muerte, de modo que en cada lata estaba el producto y sus contrarios, su tendencia a morir y la voluntad humana de contrarrestarlo. Entonces, ¿para qué caduca cada cosa si no es para manifestarse y hacerse existente en el más claro de los modos: su duración en el tiempo? Latas y más latas que me hablan de los Anteriores. Un mundo, como el mundo actual, que no me incluye...

 

 

 Esta es la última anotación rigurosamente personal de los diarios del Coche huevo. Decidí, lo recuerdo, no hablar en adelante de mí mismo. Me cerré por completo. Y a partir de entonces, hasta que se iniciaron de un modo casual estas memorias, más de medio siglo después, no volví a registrar por escrito mis sentimiento de un modo directo.

 

                                                                                               (continuará)

 

 

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