7.-En el Horizonte oxidado.

Basado en los diarios del Coche huevo.

Año 107  (Después del Derrumbe)

28 de Septiembre

 

El aire huele a fermento en la estación de las hojas. Los remolinos desnudan los árboles lejanos y extienden sus retales, como una trampa, sobre el Horizonte oxidado. Capa sobre capa van cubriendo las grietas más estrechas y, con la ayuda de algunas ramas entrecruzadas, las más anchas, las largas y zigzagueantes que desembocan en las  grandes grietas, donde las hojas se amontonan, se empujan, y luego resbalan con resignación hacia el abismo. Allí abajo, el agua del mar las pone a remojo, las sazona, las pudre con rapidez, y les extrae la última esencia para alimento de los seres acuáticos más humildes. De vida breve. De tamaño menor que una escama. Bocas con dientes incansables los devoran en un instante y se incorporan al cardumen que nada bajo mis pies. Parece que discuten con acelerados cambios de ritmo quién de entre todos ellos confundirá mi anzuelo roñoso con un gusano y subirá por la cuerda que yo le he tendido y me mirará a los ojos, muriendo sobre la hoguera.

 Tengo la tripa contenta.

Aprovecho que mi sangre baja al estómago y en ese estado de aturdimiento me pongo en marcha y busco notas. Grupos de notas entre las hojas caídas. Sin embargo, a mi cerebro no le basta con los ruidos ordinarios, familiares, reconocibles. Lo que hago es algo más que escuchar el exterior, intento sentirlo. Primero sólo con los ojos, para averiguar qué tiene de particular cada color para imponerse de un modo sonoro en mi mirada, con ese chillido estridente de los colores rojos intensos, la ternura volátil y susurradora de los azules más claros, el locuaz abandono y la negativa de los grises cenicientos,  y el murmullo melancólico de los marrones cuando todavía permanece en ellos un  verde en retirada... El color condiciona lo que siento hacia cada objeto, me dice lo que debo percibir como ser humano, ya que son mis ojos humanos los que ven esos colores, y sin embargo son ciegos para otras muchas cosas que hay bajo el umbral de la mirada. Puede que para un gusano el color rojo que yo veo no signifique nada, que su vida no dependa de ello y su cerebro no le haya enseñado a distinguir ese color... Cierro los ojos. No puedo escuchar el color, sin embargo el aire mueve las hojas y al instante yo reconozco que son Hojas, y entonces mi cabeza les adjudica un color determinado. El color que mi cerebro atribuye a una hoja seca movida por el viento. La imagen exacta que se grabó en algún momento y lugar de mi infancia, la imagen con sonido que me sirve de referencia. Abro de nuevo los ojos y por un momento mi hoja seca se superpone a las hojas secas del exterior. Y no son la misma. La mía es una idea crujiente, una hoja sin la perfecta definición material de cualquiera de estas hojas que me rodean. Cualquiera de ellas. Ésa misma, la que parece una mano vegetal. Un cuenco pidiendo agua.  Puedo oír perfectamente cómo súplica una gota por favor. La recojo del suelo y con ella en mi mano cierro de nuevo los ojos. Hago que pasen por encima las hojas mentales del Libro de los árboles del maestro Dosi. Árboles que yo nunca he visto de cerca pero cuyas hojas reconozco por los dibujos que nos mostraba en sus clases. El esquema de cada hoja se superpone a la hoja misma, compara, intenta reconocer y ensaya nombres: arce, plátano, abedul, fresno, aliso... Una tras otra van pasando las hojas, e intentan en vano  acoplarse hasta que una de ellas encaja. Retengo el nombre, abro los ojos y verifico: sí, en efecto, es una higuera. El árbol de los higos. El néctar de las avispas. Y, nada más reconocerla, se desencadena en mi cabeza todo un griterío luces, conocimientos, insectos y voces. La que predomina, es la del maestro Dosi:

 Esta hoja sencilla, que se marchita ante vuestros ojos, es el testimonio recién llegado de la existencia de una higuera muy lejos de aquí. Recordad siempre que estamos vivos porque en algún lugar los árboles respiran para nosotros. Los árboles, pobres, escondidos en las hondonadas impenetrables, bosques impenetrables, selvas impenetrables... No nos permitirán entrar en esa fortaleza hasta que lo merezcamos. Hasta que seamos dignos. Si algún día logramos alcanzar ese grado.

Pienso a menudo en los árboles, en su sabiduría al alejarse de nosotros, y me esfuerzo por conseguir la calidad humana suficiente para merecer conocerlos y quizás un día poder descansar bajo su sombra. Por eso busco. Indago en lo más próximo que tengo, yo mismo, con el único objetivo de perfeccionarme. En estos momentos, intento encontrar una conexión entre mis ojos y mis oídos, un modo de esclarecer ese falso misterio que le atribuyo a todo lo que no puedo ver. Porque hay mucho miedo detrás de todo misterio. Y mucha cobardía en admitir más miedo del estrictamente necesario.

El temor es lo que mata la mente, lo que le impide crecer, lo que hace que imagine monstruos donde en realidad no hay nada. O ese algo que llamamos nada.

Ahora cierro los ojos, pero no los ojos reales, de lo contrario no podría escribir, cierro los ojos que miran lo que estoy escribiendo, y trato de imaginar que escucho algo. Una hoja. Para qué cambiar. La de la higuera. El roce de la hoja de la higuera contra algo indeterminado. Me concentro, esfuerzo la  mente y, del mismo modo que al mirar no hay objetos solos y separados, mis oídos captan de pronto todo lo que antes les pasaba desapercibido. Lo que estaba sonando junto a la hoja de la higuera cuando la encontré. Sorprendentemente,  el sonido para el que he cerrado los ojos, ése que quería escuchar, se esconde detrás de los demás sonidos, sonidos que guardé en mi memoria sin ser consciente de ello. Todo se enturbia, y el roce de la hoja se mezcla con el eco de una gaviota. Ahora es una hoja de higuera con un pico enorme y hambriento. Una hoja que en vez de pedir agua la exige a picotazos, y chilla, y amenaza... O sea, nada real, un producto de mi imaginación. Alimento fácil para el miedo.

Acabo de imaginar todo esto, pero otro tanto sucede constantemente en la vida. Sobre todo al escuchar cegado por el deseo de comprender más que por la necesidad de ser sorprendido por lo real. Por eso se escucha mucho mejor mirando a la vez, permitiendo que el color también afecte, que el entorno del objeto le dé sentido, a fin de cuentas son un todo.

Un todo... Abarcarlo todo en una mirada. Una mirada percibida, sentida, escuchada, y, por apasionado desbordamiento, transmitida, comunicada, compartida. Una mirada dicha. Una mirada que es afortunada si también puede ser proclamada y cantada. 

Yo soy un ser humano muy pequeño que intenta comprender algo en mitad de este desastre de Mundo vertedero, y lo poco que logro comprender lo canto. Canto un grupo de notas y me imagino tocando el arpa de boca y escucho en mi interior la música sin necesidad de tocarla. Saco mi lapicero, escribo en el pentagrama, y sigo buscando un motivo para mi canto. Y también aquí, en el papel no pautado, o mejor, sin pauta, yo canto con palabras. Pájaro humano picoteando signos en una lámina de papel reciclado.

Lo que yo digo

y lo que yo callo.

El sonido y el silencio.

Y lo poquito que queda,

ese algo insignificante,

eso soy yo. El que intenta dar forma. Forma a las palabras para explicar la infinitud de la música. ¡Qué dulce paradoja!

Cada idea escrita es un cadáver, cada nota musical un pájaro. Pero hacen falta oídos para escuchar, y un cerebro capaz de concebir el concepto de infinito, incluso la idea de música. Soy palabra que quiere sonar, y música que quiere decir.

Qué horrible tiene que ser conocer la respuesta.

 

 

30-octubre-107 D.D.D.

Hoy he salido a caminar con la intención de llegar hasta la Frontera, el lugar a partir del cual no puedo respirar ni con mascarilla, y cruzarla de nuevo. La disculpa esta vez es que necesito encontrar una rama de avellano para mi casa de araña.

Desde hace unas semanas, duermo en una minúscula plataforma colocada encima del cruce de cuatro largas y gruesas ramas de avellano, abiertas como patas. Tardé bastantes meses en concebir la idea, ha sido un alivio poder descabezar cada noche un buen sueño reparador después de terminar siendo casi un insomne, a mí que siempre me ha gustado tanto dormir. Pero funciona. Las ocho patas extendidas me garantizan que si se abre debajo de mí una grieta mientras estoy dormido tendré bastantes posibilidades de salir con vida del percance. Cuando se hunde una pata es como una alarma, me despierto, y huyo inmediatamente de la zona. Al día siguiente desmonto la casa, me traslado y vuelvo a abrir la araña en un lugar más seguro. Aunque aquí no hay seguridad que valga.

Afortunadamente, desde hace unos meses han cesado casi por completo las explosiones de metano. Esto también es un alivio, y en cierto modo ha contribuido a la desaparición de mis pesadillas digamos juveniles. Según La Remi, las pesadillas son cosas de la edad, y no debo preocuparme. Es mi cerebro, que se reajusta dentro del cráneo, y las paredes de hueso pinchan. Pero a mí no me hace ninguna gracia que el miedo fabrique durante la noche demasiada música atronadora en mi cabeza, y luego tener que pasarme los días intentando borrarla, alejarla de mí. A los catorce años eres como la rosa de los vientos, plantado de pie, con tu cuerpo tirando en todas direcciones a la vez, pero sólo hay dos brazos, dos piernas, la cabeza no puede girarse y mirarte el culo, hay posibilidades pero no son todas. En realidad sólo hay una, hacia delante. De cara. Lo que hay es lo que hay. A menudo no puedo soportar la presión y me traslado una temporada al Coche huevo.

Todo lo que considero de algún valor está guardado en el Coche huevo. Mi música, mis diarios abiertos, los libros que todavía no he leído y recibo con regularidad, las correcciones musicales que me hace el maestro Dosi. El Coche huevo me sirve para conectar con los demás, y por eso es mi verdadera casa y mi refugio preferido para escribir. La casa de araña es sólo para el viaje continuo, para el desplazamiento. Pero estar en continuo movimiento me hace sentir sospechosamente vivo. Hay algo que estoy haciendo mal.

Me gusta, sin embargo, moverme en este mundo cambiante que es el Horizonte oxidado. Está lleno de sorpresas. A menudo, de la noche a la mañana, los caminos se cortan por la aparición de nuevas grietas, completamente infranqueables. De pronto se interrumpen y pierden el sentido, comienzan a no conducir a ninguna parte y hay que abandonarlos, dejarlos a un lado, trazar nuevos desvíos y seguir adelante. Con el paso del tiempo, todos estos caminos perdidos, engullidos por el cambio constante que experimenta el Horizonte oxidado, han formado un calendario. Paso junto a ellos y pienso: hasta aquí mismo, precisamente hasta este lugar, llegaba la primavera pasada el sendero de latas de melocotón, extrañamente dobladas por el centro, y ahora el abandono forzado borrará la débil huella que tantos meses tardé en hacer visible. Huella sobre metal corroído que se desmenuzaba con sólo rozarlo. Casi tierra, tierra que para serlo esperaba por mis pasos. Ese es mi perjuicio, y ese también mi privilegio, la posibilidad de hollar la tierra antes de que lo sea. Antes de que abra, se rompa, y tal vez me traicione. No debo olvidar que la familiaridad con un lugar como éste es peligrosa. No me centro en mi música, y paso demasiado tiempo cerca de la Frontera.

Supongo que sigo en esta zona porque me gustaría encontrar un sonido que se corresponda o explique cómo es la línea de la Frontera. Esta línea que de tanto ser desafiada ha perdido su concreción. Últimamente pesco aquí cerca, y luego me dedico al desafío. Si contengo la respiración puedo llegar cada vez más lejos, pero me arriesgo demasiado porque me muevo en terreno desconocido, los cambios se suceden cuando yo no estoy presente y no guardo memoria de las grietas. No es mi territorio. Sólo me sirve para saber si a base de esfuerzo puedo llegar un poco más lejos. Algo muy complicado en esta época del año.

En otoño, arrastro los pies y llevo bastones con ruedas de triciclo en las puntas para no perder la vida en este glaciar de chatarra cubierto de hojas secas. Un grupo humano más numeroso trazaría caminos que para un chaval dedicado a la búsqueda no es más relevante que las huellas de una sola gaviota sobre el lodo. Sé que en algún lugar de este planeta hay polos helados, quizá bajo una colchoneta kilométrica de plásticos flotantes, y quizás allí hay otros como yo, que necesitan bastones para no hundirse... otros que buscan algo que tampoco pueden concretar y que al final depende tanto de los confines como de la voluntad de franquearlos.

 

Hoy mismo, al atardecer, hace apenas una hora, cuando regresaba de mi octavo intento para encontrar la rama de avellano, después de tres dilatados minutos conteniendo la respiración, cometí un error importante. Grave. Me había internado demasiado lejos, al otro lado de la Frontera, y cuando regresaba me entretuve tirando de una rama de avellano que al final era muy corta y no me servía, me enfadé, solté una maldición y con ella el poco de aire que me quedaba. Perdí el control y con él los nervios y al final el conocimiento, a tan solo una veintena de metros de la Frontera. Según caía al suelo podía ver la casa de araña montada allí cerca. Apenas tuve tiempo para echar mano de la bolsa de emergencia, enfundarme los pantalones de goma y atarme los pies con la cincha de seguridad.

No sé exactamente lo que pasó mientras estaba desvanecido, pero es fácil imaginarlo. Conozco la secuencia.

Desde que era un bebé, estoy acostumbrado a recobrar el conocimiento de un modo gradual, a recuperar el aire antes que la consciencia, a que la primera manifestación física sea la contorsión, el retorcimiento, la búsqueda desesperada de oxígeno. A vislumbrar entre las pestañas de plomo que la vida sigue ahí afuera, pero que regresar a ella requiere tiempo, y mucha paciencia. Es como vivir una pesadilla a punto de despertar. Estás paralizado, has tenido mala suerte, el gas te aplasta contra el suelo y no saldrás ileso. Cuando te levantes llevarás encima una merma más, una tara, en el mejor de los casos sólo un nuevo tic que añadir a los habituales, y le ruegas, le suplicas a tu cerebro que resista, y confías en no quedar tan tocado que no sepas lo tocado que estás. Por eso, para salvar la vida sin perder por completo la cabeza, todo tu pensamiento se concentra en dar una única bocanada. Sólo una. Y ese aire lo recibes sin prisa en tu cuerpo, lo atesoras en tus pulmones, y ellos, habituados a pelear con los gases tóxicos, seleccionan las partículas que necesitas y el resto lo devuelven al exterior. Comprimido. En una burbuja pestilente que sale de tu boca. Eres como un pez agonizando, coleteando, dando brincos para llegar de nuevo al agua. Pero tú no eres un pez boqueando desesperado. Tu cerebro es humano y obliga a tus labios a cerrarse como un válvula. Y controlas la angustia, y esperas. Puedes volver a perder el conocimiento, pero tus labios no se abrirán, como si tu voluntad hubiera soldado la carne. Y cuando ya no aguantas más, transcurrido un tiempo sin medida, siempre bajo el control de tu cuerpo, das otra bocanada. Y luego otra. Más tarde otra. Y así vas regresando a la realidad, muy poco a poco, en muchos casos después de largas horas, tirado quizás a sólo cien metros de la playa, con el lodo hasta el borde de la boca, o con un cangrejo ermitaño a punto de entrar en ella, y no hay nadie cerca para ayudarte ni nadie que pueda arriesgarse a entrar en tu busca porque caería en el camino y podría morir en el intento. Asfixiado, solo y lejos. Así, desde la infancia.

Y así me sentía hace un rato, una hora escasa, como un aspirante a muerto cuya única esperanza es haber convertido sus estertores en el último recurso. Estaba cerca, muy cerca, tenía que confiar en mi cuerpo, ser un gusano moribundo que sigue un procedimiento estudiado. Que tiene un plan. Debía economizar el oxígeno y enviar todo el disponible a las piernas. Los pantalones de goma hacían su trabajo, se agarraban como una serpiente al suelo de chatarra, y cada convulsión me hacía avanzar un poco más en dirección a la Frontera. Eso esperaba al menos, tenía que ser hacia allí o nunca averiguaría hacia dónde. Afortunadamente, el aire no se corta a cuchillo en la Frontera, hay un margen, y cada centímetro que avanzas aumenta la cantidad de oxígeno del aire, y con ella tus posibilidades de respirar. Eso si tienes el viento de cara. Y yo lo tenía de cara.

A unos diez metros de la Frontera, comencé a sentirme mejor. Solté la cincha de los pantalones de goma y pude gatear sin demasiadas dificultades hasta recobrar la respiración. Lloré. Como hago siempre cuando estoy a punto de morir. Para regar mi cuerpo de un poco de olvido. Aunque ese miedo permanece, lo sé, es de los que dejan huella.

Ahora estoy en el Coche huevo, escribiendo esto en mi diario. Estoy bien. Me pita una barbaridad la cabeza, y veo estrellitas demasiado puntiagudas que me quieren pinchar. Pero estoy bien. Creo que puedo ver el miedo. El miedo como una sensación en los ojos. Pero en serio, no os preocupéis, estoy bien.

4 noviembre-107 D.D.D.

Después de lo sucedido la semana pasada, cuando estuve a punto de asfixiarme, he reflexionado sobre el sentido de mi presencia en el Horizonte oxidado. Llevo aquí más de un año y el Preludio del promontorio sigue detenido en una fase exploratoria demasiado larga ya. El maestro Dosi y Serena Fala han sido muy pacientes conmigo, han corregido todos mis intentos de eludir mi obligación, vagos ensayos que no me han hecho avanzar del modo deseado, porque no había tal modo, sólo vivir y acondicionarme a la vida mientras esperaba. ¿Pero el qué? ¿La iluminación? Menudo descaro el mío.

He desmontado la casa de araña de las proximidades de la Frontera. El desafío constante de los límites es una trampa peligrosa. Al ser un ejercicio tan extremo, me siento cómodamente heroico y pierdo la perspectiva, olvido mi verdadera dimensión. Yo soy poca cosa, algo diminuto, casi nada para la vida. De hecho estoy vivo por casualidad. Mi pensamiento es débil, mi valor reside en mi insignificancia. Que lo grande se manifieste es lo adecuado, pero si lo hace lo pequeño: eso es glorioso. Y la gloria es un momento musical. Como la luz de una luciérnaga o el brillo de una estrella anónima.

No debo olvidar porqué nació el Preludio del promontorio y atenerme al hecho creativo que lo originó. Yo, Yoser Pez, habitante de Alagua, estaba pidiendo ayuda a unos extranjeros para salvar a la comunidad, y lo hice mostrándoles lo que es para mí este lugar. Sencilla música de arpa de boca que dejaba salir con cada nota la urgencia de mi respiración. Voz encubierta. Y al final un enigma. Una secuencia armónica tan sofisticada que convenció a los extranjeros para quedarse, y en ese instante comenzó a cambiar por completo la vida de Alagua. Esa primera interpretación se realizó en el Promontorio, una roca que debería debatirse con el mar pero que sólo es una promesa, la esperanza de que algún día el agua llegue hasta ella. Y luego la Muerte, y el olor a carne que se pudre impregnando todo Alagua, y yo arrojando cadáveres al mar desde aquí, precisamente, el Horizonte oxidado donde me encuentro. 

No debo ambicionar más. Tengo lo que necesito. Todo debe ser simple, pero a la vez impredecible. Sólo debo trabajar. Además no me queda otro remedio porque de hecho sigo viendo el miedo. No sé si es una tara permanente o se me pasará con el tiempo.

Hay aquí cerca del Coche huevo una grieta, que no medirá más de dos metros, algo que yo siempre he saltado con facilidad, y hoy a la mañana, al despertarme, me he encontrado al borde de ella y el otro lado me parecía increíblemente lejano. De pronto me he encontrado preguntándome cómo hacía antes para saltar esa grieta, por qué me resultaba tan fácil hacerlo si mirando hacia abajo se ve que la caída es mortal. Entonces me he dado cuenta de que al otro lado estaba esa especie de distorsión en la imagen, como el calor que sale de una hoguera casi apagada, una distorsión que no podía enfocar porque me mareaba. Vértigo en línea recta. Y lo peor no ha sido ver el miedo sino estar haciéndome esas preguntas. Al admitir esas dudas me he sentido completamente perdido. Incapaz de seguir. Está claro que debo trabajar, y también descansar al hacerlo.

Componer una obra musical es algo muy agotador y complejo. También desalentador. La Música, a la que no conoceré jamás porque es demasiado vasta, y también mi arpa de boca, que me es tan propia que conocerla a ella es como conocerme a mí mismo, algo del todo imposible. Dos imposibles juntos, lo que conduce inevitablemente a la paralización. Podría ignorarlo y seguir adelante, o saberlo y aceptarlo como parte del procedimiento. No existe el conocimiento total de nada, del mismo modo que no existe un total, un absoluto. ¿Por qué eludirme entonces a mí mismo? Acaso entregarme a la obra es quedarme tan expuesto que yo mismo me vea en exceso y necesite cambiar para no repetirme. ¿No es el cambio lo que se persigue? Cambiar para ser uno mismo, de nuevo, tantas veces como se pueda a lo largo de una vida.

Vivimos en una rigidez impropia para seres de agua. Nadamos, torpes, en el aire, haciendo aspavientos para llamar la atención de los espejos en los que nos reflejamos.

 

Esta mañana he recibido una sorpresa muy agradable. También es bueno que en esta vida miserable existan motivos para el buen humor. La risa enseña, y destapa.

El motivo parecía a primera vista un posavasos. Pensé que Serena Fala lo había puesto allí, en la repisa del Coche Huevo, para mantener estable el frasco de cristal con una etiqueta que dice: Agua potable. Me he alegrado mucho al saber que ya han puesto en marcha la Potabilizadora en la que ella y Tuna Raspa han trabajado tanto. Mientras me bebía el agua, que por cierto sabía tan a nada que me llamó la atención, me pareció que era agua sin agua, levanté el posavasos y comprobé que en realidad era un libro: El especialista, de Charles Sale. Un librito tan breve que su contenido no es más grueso que sus portadas.

Lo abrí para mirar de qué trataba y me lo he leído de un tirón. De pie. Sin moverme del sitio hasta terminarlo. Bueno, moviéndome para reírme y disfrutar. Trata de las actividades profesionales de un tal Lem Putt, que se presenta a sí mismo como el campeón de los constructores de retretes del condado de Sangamon. Es un libro fundamental para la educación de un joven eremita como yo.

Si la palabra civilizado significa algo, o comienza a significarlo, es por la existencia del retrete. Un ser humano que caga al aire libre tiene todavía mucho que aprender y su primera gran lección, como si de un niño que controla la caca se tratara, es el control de propia mierda. Cuando defecas de un modo organizado, se puede decir que abandonas el animal que fuiste y te internas en la complejidad de lo cotidiano. La vida caga o revienta, pero no tiene por qué hacerlo en cualquier parte.

He decidido, por lo tanto, ya que últimamente hablo en alto conmigo mismo, para así controlar mejor las palabras, o por aquello de que existe una distancia entre lo pensado y lo articulado, y también porque estoy un poco zumbado, he decidido, digo, construirme un retrete de dos hoyos.

 

Nota inevitable:

            Interrumpo aquí la libre trascripción de los diarios que escribí durante mi retiro en el Horizonte oxidado, porque no veo necesario explayarme con detalles escatológicos. Sólo diré que la construcción del retrete de dos hoyos no prosperó. Fue de un solo hoyo, que es más razonable, y lleva mucho menos trabajo. Eso sí, recomiendo ese libro a todo ser bienpensante que lea estas memorias.

            Revisando y alterando los diarios, he podido comprobar con deliciosa sorpresa que entonces pensaba con intensidad en cosas en las que no he vuelto a pensar. Creo que esa es la edad adecuada para filosofar, o lo fue para mí, y aunque ciertas disquisiciones me parezcan ahora simples, planas, elucubrantes e incluso tontas o pedantes, hay que tener en cuenta que ciertas cosas se dilucidan entonces y no se hace jamás. No es cierto que se disponga de toda una vida para ciertos cometidos. Todo tiene su momento y el momento de pensar en lo básico se arremolina en torno a esa edad. Es como sellar ciertos compartimentos en tu conciencia. No se debe desdeñar ese momento porque luego, pasados los años, cuando por circunstancias de la vida te encuentras escribiendo tus memorias y revisas esos textos, puede suceder que te sorprenda que debajo de la ingenuidad había más riqueza de la que ahora eres capaz de generar, desengañado y gastado por el tiempo. La distancia que hay entre tus pensamientos de entonces y los de ahora, es tu biografía.

 

 

                                                                                                    (continuará)

 

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