4-Los vigilantes de la armonía

 

                                                            Y por encima de todo el profundo conocimiento

                                                            de que belleza y pérdida son una misma cosa.

                                                                                                            Cormac McCarthy

Once años más tarde, cuando el Horizonte oxidado comenzó a moverse y se produjo un pequeño terremoto que derrumbó casi por completo las cuevas de Alagua, acabando de un modo extraño con la vida de la anciana Delfina Marea, recibí como herencia un pequeño baúl de libros, expresamente seleccionados por ella para mí, junto con dos tumbonas de madera oscura y aromática. Ahora estoy recostado en mi favorita, un poco más alta e inestable que la otra, con Ciudades de la llanura de Cormac McCarthy abierto sobre la cadera, como una ruda mariposa, y espero que se dejen caer por aquí mis amigos, que han tenido el descaro de aprovecharse de lo inconcreto de mi nacimiento para decidir por su cuenta que hoy es un día tan bueno como cualquier otro para celebrar mi 71 cumpleaños. Debe ser porque esta noche hay luna llena. También se acercarán hasta el malecón gente de las marismas, y otros muchos que sencillamente quieren verme y hablarme y por supuesto contarme cosas que consideran necesario que aparezcan en mis memorias: Muy necesario, Yoser. Si me descuido acabaré no apareciendo yo...

Mientras espero, con la poca paciencia que me caracteriza, pierdo el hilo de McCarthy, y voy rememorando y tomando notas, atando cabos sueltos para así finalizar esta primera parte de unos recuerdos confusos que giran alrededor de aquellos dos días tan trascendentales en mi vida, y en la vida de Alagua, hace casi sesenta años, porque todo lo que habría de suceder se gestó allí, en aquel momento, cuando un grupo de personas forzadas por las circunstancias decidieron que no se podía ni se debía ni era aconsejable ni sensato vivir sin esperanza. El Acuerdo de la cueva establecía que teníamos que aprender a leer y escribir, música y palabras. Cinco vocales en el pentagrama. O sea, tener acceso al marco teórico de la realidad.

La llegada de la Escuela de La Remi a este lugar perdido y gaseado fue providencial, y gracias a ella se desterró por fin de Alagua la muerte torpe y disparatada. Después de tanto sufrimiento merecíamos una tregua y el destino nos concedió tres maestros como tres deseos. Con La Remi descubrimos el valor del verbo, comenzamos a olvidar que en la época de los Anteriores las palabras nos habían hecho daño, y quisimos recuperar su significado original, de modo que dejaran de ser nuestras enemigas. Las palabras eran útiles, y de la noche a la mañana las etiquetas de la basura pasaron de ser una incógnita peligrosa, una ruleta rusa, a una simple curiosidad: nadie moriría a partir de entonces por ninguna causa que no pudiera considerarse un mero accidente. La Remi era fabulosa, directa y apasionada, las palabras corrientes se desnudaban en su boca y, cuando nos las devolvía, estaban mejoradas. No hay que maltratar a las palabras, decía, hay que usarlas de un modo preciso, nunca aproximado. Nos jugamos el sentido. Y luego agitaba en su mano con fervor Extinción, de Thomas Bernhard, y nos advertía que toda renuncia al conocimiento es una degradación moral que conduce al vertedero, porque la vida se pudre primero en la cabeza. Y luego bailaba, y cantaba,  y entonces lo veíamos todo mucho más claro. Por su parte, la precoz Serena Fala nos enseñó a recoger el sonido de la vida, a escribirlo para recordarlo, para que otras personas lo pudieran interpretar, y de este modo la música que antes sólo existía en el exterior entró en los dominios de la mente. Pensar en términos musicales, y saber que las conclusiones no se perderían, que se podían registrar... y además tener a nuestra disposición cientos de partituras y grabaciones de los Anteriores: ¿existió Mozart? ¿alguien así fue posible? ¿por qué se extinguieron los Ramones? ¡Tantas preguntas y tan necesarias! Y por último, y sin embargo en primer lugar en el tiempo, el maestro Dosi nos enseñó a preparar el carbón vegetal y la fibra de roca para los filtros de las mascarillas antigás, a distinguir y mezclar algunos productos químicos, a no rendirnos jamás, ni en las peores condiciones, poniendo en práctica sus 88 modos y unos más de salvar el pellejo en caso necesario. Extraño sentido del humor el del maestro Dosi, un hombre espaguético que cuando se reía cimbreaba como un junco, y era todo un castigo para nuestras cervicales. Juntos aprendimos a mirar al cielo y comprenderlo, a saber en cada momento lo que se nos venía encima, a ser expertos en lluvia, en nubes, y también en estrellas. Aquel mismo año, el año 103 después del Derrumbe, llegó para nosotros un cargamento especial desde el vertedero Rodríguez y se rodeó la concha de la bahía de alarmas precisas que detectaban la mayoría de los gases venenosos conocidos, y nos acostumbramos a observar lo que antes nos aniquilaba como un fenómeno meteorológico que pasaba de largo sin otra consecuencia que el sabor del caucho de las mascarillas, y un leve picor en los ojos. Cada persona de Alagua llevaba ya a la cintura su propia mascarilla y con el tiempo también una jeringuilla de atropina con su dosis personalizada. La pesadilla había terminado, podíamos sobrevivir, aunque pagando un precio muy alto. El sonido de Alagua se había perdido. Tal vez, pienso yo, porque a mí me sucedió así, mientras pasaban los gases cada persona tuvo que crearse a sí misma tras su propia máscara, en su lejanía particular, escuchando su propia voz, y entonces la voz común dejó de ser imprescindible.

                        Y Alagua,

                        sin su música,

se pudría como el agua quieta.

 

 Dicen que se nace llorando y luego se comprende por qué, y somos muchos los que pensamos que controlar demasiado a la gente termina por destruirla. Alagua sonaba mal. Sonaba fatal. Los Vigilantes de la armonía habían fijado unas conexiones muy delicadas que una vez rotas no se podían rehacer. Muchos de los individuos clave para el equilibrio sonoro, y los encargados de educarlos desde la sombra, habían muerto, o quedaron incapacitados; otros simplemente se negaban a participar. Además, faltaban de pronto demasiadas cosas. Los boleadores de los niños dejaron de sonar porque no había gas tóxico al que conjurar, y los afamados solos de guita-bidón, antes coreados y seguidos de inmediato por una multitud, pasaron a ser solos de solemnidad, y además breves, porque hay que tener mucha música dentro para poner en pie un buen solo y que no se te caiga. En fin. Alagua, durante la Larga enfermedad, y en el tiempo que necesitó para comprender que la Nube ocre había sido una tragedia irreparable, se quedó muda. Y se notaba por el exceso de ruido y la incapacidad para tocar todos juntos. Como si cada cual viviera ahora en una escala diferente.

Sin embargo, una comunidad que tiene un sonido bien reconocible y de pronto lo pierde no siempre guarda silencio. Es normal que prorrumpa en una algarabía que busca desesperadamente hablar de lo inefable y resucitar lo fallecido. Como una orquesta bulliciosa que afina y afina día tras día para un concierto que no se celebrará nunca porque nadie tiene la partitura y ya nadie la recuerda. Sólo ruido, y buenas intenciones. Como dice Tuna Raspa: la comodidad produce folk con cloro. Una vez desaparecidas las condiciones adversas de Alagua, su música era sólo un artefacto. Porque no es lo mismo tener miedo que fingirlo. Curiosamente, Alagua comenzaba entonces a existir porque tenía un pasado reciente que necesitaba inventar con urgencia, a toda costa. Una historia endeble escrita con tiza en la línea de la marea.

Por desgracia, para Tuna Raspa, Jota, Rito y yo, a partir de entonces el mundo comenzó a rodar a trompicones. Mala historia. Conocer la existencia de un grupo de Vigilantes de la armonía nos hizo mirar la vida con los ojos entornados. Los Vigilantes de la armonía habían desaparecido, cierto, pero no sabíamos qué nos habían hecho, qué impronta había dejado en nosotros su manipulación, y por lo tanto teníamos miedo a terminar siendo nosotros los nuevos controladores. No por ello dejamos de cumplir escrupulosamente con nuestra obligación, teníamos un compromiso con la escuela, nos esforzábamos y aprendíamos rápido y bien, pero cada cual por su parte desconfiaba de algo, y cuando estábamos juntos desconfiábamos de todo. Años más tarde, nuestro primer grupo se llamaría así: La sospecha. Perdimos muchas horas de nuestros años juveniles buscando como paranoicos algo que había dejado de existir. ¿Control? ¡Qué control! Olvidamos que no es necesario vigilar a quien ya se vigila solo, a cada uno lo controla su miedo. En mi caso, se acumularon demasiadas dudas y me alejé casi por completo de la comunidad. No lo pude evitar, me gustaba demasiado ser yo mismo y no el resultado de un plan más o menos preconcebido. Detestaba figurar en la lista de personas con libre albedrío. Quería saber qué parte de mí era Yo, y qué pertenecía al grupo. Me sentía fuerte, no quería dejar pasar ni una sola oportunidad de equivocarme. También me preguntaba a menudo, claro, si mi alejamiento y la furia resistente de mis amigos no se ajustaban impecablemente al diseño original, si estaba calculado que para librarse de los individuos como nosotros bastaba con intentar controlarnos, lo cual nos disuadía de intervenir en la realidad convirtiéndonos en observadores forzados. Qué cosas.

 

En estos momentos, en la playa los chicos de la escuela de Alagua acaban de darle fuego al pebetero. Es un detalle, a petición propia, quiero que sólo gastemos la electricidad necesaria para el equipo de música, la música ambiental. Por instinto me llevo a los labios el arpa de boca. Doy un toque enérgico a la lengüeta, y me agarro a la vibración para vaciar mi cabeza de preocupaciones.

Soy viejo. Y ojalá supiera lo que eso significa. Escribo mi vida y se me tensan los músculos debajo de la ropa cada vez que salto de línea en línea. Soy un crío arrugado. O un viejo que dice serlo.

Ahora los chicos de la escuela se colocan en dos filas largas, prenden las antorchas en el pebetero y corren encendidos y se distribuyen a ambos lados del malecón. La luz avanza hacia mí. El atardecer parece por un momento quieto. Observo cómo se ilumina y se borra el muelle del malecón. Todo este engalane de la fiesta... vendrán con farolillos... y la fiesta durará hasta el amanecer... o más allá si se anima la cosa. Hace tiempo que no tenemos una fiesta de verdad, sobre todo para la gente mayor.

A veces siento un extraño frío que no se me pasa, se acumula, para ir acostumbrándome. Setenta y un años, caramba, quién lo hubiera dicho.

Sí. La vida es de plástico y huele a podrido. La muerte, claro, no huele a nada. Un lugar entrañable el vertedero de Alagua. Hace apenas un momento pasó una brisa fugaz cargada de acetileno y durante medio segundo pensé que era un perfume exquisito.

Dicen los tipos que cuentan a las personas que en Alagua somos ya 23.000 habitantes. Más o menos, que es la corrección de Alagua para cualquier apreciación numérica. Hay todavía gente por ahí, en las marismas y en otros lugares, que no quiere tener ni nombre propio, que considera una ofensa ser registrado, y en la entrada de muchos caminos hay una piedra grande, pintada de un color chillón, para informar que no se desea nada, nada de nada, que la vida también existe para que a uno le dejen en paz. Yo pasé largos años de la mía sin dirigirle la palabra a nadie y no me volví más idiota de lo que me hubiera vuelto de estar acompañado. Ya lo decía Pascal: Todo lo malo que me ha pasado en la vida ha sido por salir de casa.

De pronto se escucha por megafonía un arañazo delicado. Tuna Raspa ha puesto en el reproductor una vieja grabación. Suena lejano un órgano, y luego las primeras notas de una flauta de pan que reconozco. Doina ca la visina de George Zamfir. Algo sublime. El mundo de los Anteriores no debió de ser tan atroz si un ser humano con una fila de cañas frente a su boca pudo hacer algo semejante. La escucho y no necesito más aire del que suena. La música y el viento tienen pactos que nosotros no comprendemos.

Rito Escama sabe de esas cosas, por eso se ha pasado la vida corriendo, y cuando no corre toca la chifla butanera. Es todo un encantador de serpientes. Los chicos de las antorchas son idea suya, la mayoría pertenecen a los Mensajeros y hacen la ruta del vertedero Rodríguez, nuestra conexión más importante. Rito Escama fue el primer mensajero de Alagua, de hecho estaba en la línea de salida antes incluso de que la trazaran, y los mapas de todos los caminos en cien kilómetros a la redonda no son correctos si no llevan estampada su firma. Por cierto, Rito está un poco escamado conmigo, le permití terminar el capítulo anterior y ha recibido algunas críticas digamos mordaces. Cree que le puse una trampa para que resalte mi literatura, y no es cierto. Quiero decir que Sí es cierto. Por su parte, Jota Sargo lleva cerca de una hora trasladando a una mesa larga y tambaleante comida pequeñita pinchada en pan con una astilla de madera. Una excentricidad que no sé si la gente verá con buenos ojos: es poca tajada, incita a la rapiña y la especulación alimentaria. Le dejamos hacer porque Rito entiende de pucheros, y se niega a explicar su arte. Yo hubiera puesto una barrica de pulpos azules macerados... Pero yo no digo nada, no puedo hacer nada, no me dejan, cuando intento ayudar todos me dicen: ¡escribe! Y yo escribo. Pero claro, escribes a la fuerza y te salen sólo palabras...

Mira, por ahí llegan remando los primeros invitados. Son Concha de las Marismas y algunos de sus nietos, o eso me parece desde aquí. Concha me saluda con la mano desde el embarcadero y yo le respondo. Saca algo de la barca y lo pone a correr por el muelle. Es un niño de color verde que viene agitando los brazos hacia mí. Trae las manos muy abiertas, no sé si esconderme, esta gente todavía conserva la tradición de estirar de las orejas en los cumpleaños...

—Hola, Yoser Pez —dice la criatura, es una niña, saltando sobre mí y esperando que la coja al vuelo, cosa que hago— me llamo Aleta Lapiedra, y te deseo felizcumpleaños, todo junto, felizcumpleaños.

Y pone sus manitas en los lóbulos de mis orejas, pero no tira de ellas, sólo las mantiene un poco subidas, como a punto de tirar pero sin hacerlo. Sonríe.

—¿Le has tirado? —le pregunta Concha, que viene apoyada en un bastón.

—No, abuela. Sólo campanas...

—Hola Yoser —le miro a la pierna, luego a los ojos, Concha le resta importancia con un mohín en los labios, como llamándose torpe, y se deja caer en la tumbona de al lado—. Creo que no conocías a la anguila ésta... Se llama Aleta, y se ha puesto el apellido de su abuelo. Sólo tiene cinco años.

—¡Y soy verde!

—Ya te digo, chapada a la antigua. Insiste en teñirse de verde. Hay muchos más como ella...

—Una moda. Pasará.

Los ojos de Aleta me miran, como pidiendo permiso para algo, espero que no sea para enredar en mis cosas. Esta niña tiene peligro. Se la oye respirar a chorro. Todo su cuerpo late con fuerza, como si llevara dentro algo más grande que ella empujando para ganar espacio. La cojo por los sobacos, la levanto de mi regazo y la deposito en el suelo, no vaya a explotar. La niña bota, parece de goma.

—Ahora la canción —dice Aleta, y me saluda con una reverencia exagerada. Al hacerlo se le separa del pecho un collar, anudado cerca del cuello para que no lo pierda,  con una tuerca cromada muy antigua. Dos de los hermanos de Aleta se han colocado estratégicamente en las salidas, para bloquearla si intenta escurrirse. A nada que se parezca a su abuelo, si se tira al agua pueden tardar un siglo en convencerla para que regrese a la superficie.

—Y la canción dice así:

 

                        J´ai vu le loup, le renard et la belette

J´ai vu le loup, le renard danser.

(respira)

J´ai vu le loup, le renard et la belette

J´ai vu le loup, le renard danser.

 

(Cinco segundos, quizá menos. Es música cajún, pero a la velocidad glenn-gould. Y además con escenografía epiléptica, sin olvidarse de hacer con las dos manos las orejas del lobo, con un brazo que se agita la cola del zorro, y poniendo los ojos bizcos y los dedos pegados alargando unos bigotes la comadreja. No es una niña, es un arrebato.)

            —Y luego viene lo de las palmas —explica Aleta, enseñando las manos— y lo del taconeo. Pero no puedo hacerlo porque me caí en la escollera y me hice daño en las manos y en los pies —y me enseña la planta de uno, del color y la consistencia de un neumático—pero bailo muy bien, y a veces mejor... ¿verdad, abuela?

            —De maravilla, cariño. Un poco rápido, eso sí, pero no es culpa tuya, somos los demás, que vamos muy despacio...

            —Bueno, Yoser, como tengo que irme, te cuento lo de Yukio y me voy.

            —Es la Fuente verde, que por cierto prometiste poner en un anexo en el capítulo tres, y todavía estamos esperando... pero ahora en versión rapera —dice Concha, con sorna— Yukio es un inventor japonés...

            —¡Abuela!

            Aleta se enfada. Yo le hago una reverencia con la mano y le pido que siga. Entonces los ojos se le agrandan, se nota que le gusta contar cosas. Antes de pronunciar la primera palabra se queda completamente quieta, para atraer la atención, y luego se mueve controlando perfectamente sus movimientos.

Con ustedes, Aleta Lapiedra, rapeando:

 

            Mucho-antes del Derrumbe, en el año mil,

en mil novecientos, y noventa y dos,

Yukio Horie

inventó el rotulador. ¡Bien!

 

Me gusta mucho, el rotulador,

y el color verde claro, es mi color.

El color de mi gente, es mi color,

el color de la marisma, es mi color.

 

El mosquito Anofeles, machaca las pieles,

machaca las pieles, machaca las pieles.

La gente se rasca, se rasca y se rasca,

y Nix de las Marismas,

al final se mosquea

y dice: ¡basta!

¡Basta! ¡Basta!

 

Nix de las Marisma, en el Mundo Vertedero,

busca un remedio contra el mosquiteo,

camina y camina, dura jornada,

pero el pobre Nix:

¡nunca encuentra nada!

 

Nix de las Marismas está derrotado

y se tira a un río, de color morado,

de color azafrán,  de color naranja,

y de tantos colores como tiene la caja.

 

El río de colores se divide en afluentes,

Nix de las Marismas nada por el Verde.

Nada por el verde, por el verde va nadando,

y llega a una cascada con ranas llorando.

 

Las ranas le dicen a Nix de las Marismas,

estamos muy delgadas, nos duele la tripa.

Aquí no hay mosquitos, los mosquitos han palmado,

porque el agua verde, los ha exterminado.

 

Nix de las Marismas sube la cascada

y encuentra una fábrica que está abandonada

en el rótulo pone Rotu-ladores,

de Yukio Horie, que son los mejores.

 

¿Lo has, entendido?

¿Lo has, pillado?

Nosotros somos verdes porque estamos rotulados.

 

El mosquito Anofeles ha muerto,

escucha lo que digo,

lo que yo digo es cierto.

Me llamo Aleta,

Aleta Lapiedra,

soy de las marismas,

soy marismeña.

 

Y se queda tan pancha. Con los brazos en jarras. Dentro de cincuenta años será igual, sólo habrán disminuido los objetos a su alrededor. Le saludo con una inclinación de cabeza, aunque estoy bastante mosqueado. La niña corre hacia sus hermanos, hablan y luego me miran.

—¿Te ha gustado, Yoser? —pregunta Concha, Concha de las Marismas.

—Pues no, para qué te voy a engañar. Es irreverente, y no creo que la letra sea de la niña. La Fuente verde es una de vuestras historias fundacionales, el descubrimiento del elixir verde contra los mosquitos. Es una historia mágica. Ponerle una fábrica de rotuladores...

—Es una versión...

—Me crié en el cinturón de chatarra de las marismas, Concha, puede que no sea uno de los vuestros pero os respeto.

—Gracias, Yoser. Y nosotros a ti, no sabes cuánto...

—Pero lo acepto, qué remedio, me olvidé de poner el anexo con el original y ahora hay que aguantarse con...

La luz desaparece.

Alguien ha cubierto las antorchas...

Serán idiotas.

Esta tontería han debido leerla en algún libro antiguo, es el ceremonial del cumpleaños sorpresa que no sorprende a nadie. A ver qué se les ha ocurrido.

Regresa la luz.

Tuna, Jota, Rito, Concha, las caras de todos cerca de mí, y delante de ellos Aleta, quieta, a sólo dos palmos de mi cara. Habla bajito, íntimo:

—Yoser Pez. En nombre del pueblo de las Marismas —se quita con delicadeza  el collar de la tuerca cromada, que ya no tiene nudo, y lo sostiene ante mí—, te entrego el collar de Rosa Valquiria —agacho la cabeza, y me lo pone—. Ya eres uno de los nuestros.

No tengo palabras... no sé que decir... me voy a poner a llorar...

 

Soy Tuna Raspa. Le quito el bolígrafo a Yoser. Es su cumpleaños, comprendedlo.

                                                                                                           

 

           

 

Un sueño, amaneciendo.

Entonces los vi, como se ven las figuras de las estrellas una vez que sabes reconocerlas, cuando estás perdido en un palmo de la nada y necesitas orientación. Eran los más viejos de la época, los hijos de los primeros habitantes de Alagua, seres de cuero que vivieron en sus propias carnes el Derrumbe. Los primeros también que sufrieron antes incluso de nacer los efectos de una vida permanente en los vertederos. Resultado selectivo de partos prematuros que se gestaron entre gases tóxicos. Apenas una adaptación desesperada, como los flamencos rojos en las aguas cáusticas, una posibilidad que si se ve reforzada por una adaptación durante la infancia te enclaustra en un solo territorio, como osos panda comiendo bambú o frágiles colibríes que liban de una única flor. Sucedía en muchos vertederos, gente tan del lugar que sólo en ese lugar podían vivir. Como si la naturaleza los hubiera castigado a la permanencia para que aquellos limpiaran su parte correspondiente y no pudiéramos emigrar todos de golpe a un mismo paraíso.

 

El final previsto, si no me hubiera puesto a llorar.

 Quién no ha oído alguna vez, a las tantas de la madrugada, mientras el sueño y la vigilia se desafían y se hacen preguntas delirantes y blandas, cuando la infinidad de ruidos que durante el día no se oyen comienzan a hablar entre ellos en la oscuridad, cuando el aire tiene dedos y te toca, y todo lo que temes y deseas parece por igual al alcance de la mano, aunque sólo sea durante un instante... quién no ha escuchado entonces al viento sonar en la noche como una gaita. No hay nada más grande que la llegada de ese sonido, esa promesa, ese cálido sobrecogimiento. Escuchas una gaita berrando en lo más hueco de la noche y sabes que en cuanto amanezca no habrá lugar alguno para la indiferencia.

 

 (continuará)