4-La cueva

Siempre recordaré de qué modo tan implacable entraron aquel día en mi refugio los primeros rayos de sol, y cómo de pronto me vi rodeado de piernas y de brazos, de respiraciones agitadas, temblores, y cuerpos entrelazados. Tuna Raspa  estaba abrazada a mi pierna derecha, tiritando, Jota Sargo hecho una pelotilla junto a mi cara, con un hilo de saliva brillante y pegajosa resbalando por su barbilla... Olor y calor humanos. Era una sensación muy nueva para mí, un poco agobiante, pero observando el modo confiado de dormir de Rito Escama, que entonces tenía seis años muy mal crecidos, estirado como una rana sobre mi pecho, sentí ternura, y por vez primera eso que llaman responsabilidad. Tampoco era de extrañar, a fin de cuentas el día anterior había estado a punto de morir, y también había ejercido de enterrador: la muerte había despejado en mi bastantes dudas sobre la vida como para no agarrarme a ella de inmediato. Eso sí, comprendí al instante que a partir de entonces ya no estaría solo. Era una lástima, pero había dejado de ser niño, y tenía asuntos que atender.

El sol entraba con fuerza y dadas las circunstancias era mejor ponerse en marcha cuanto antes. Me desperecé de un modo exagerado, me quité de encima a Rito Escama y sacudí mi pierna derecha:

—Tuna, despierta. Despertad, chicos.

—¡Qué pasa!

—Estamos contaminados. Todo Alagua está enfermo. Tenemos que lavarnos bien, y cambiarnos de ropa.

—¡De ropa! —exclamaron los tres, y yo asentí con la cabeza, dos veces, porque cambiarse de ropa era para nosotros como desprendernos de nuestra personalidad. Rito Escama miró con angustia el trapo-camiseta que cubría su cuerpo, lo acarició con la mano, que tenía un color magullado, oscuro, y se negó en redondo. Yo me encogí de hombros y, como no sabía dar órdenes, salí del refugio. Ellos me siguieron, protestando. Los tres parecían un poco... morados.

A pesar de que el aire resultaba casi irrespirable, y caminar agotador, decidimos tomar un atajo que subía en picado por las rocas hasta la Arruga de chatarra. De camino, durante un descanso, les enseñé la máscara antigas, les dije que me había salvado la vida, y entonces Tuna Raspa me contó que al llegar la Nube ocre ella había corrido en dirección contraria  a la gente, que Jota Sargo y Rito Escama se unieron a ella, y los tres se habían metido en el depósito hundido en las marismas.

—¿Entrando a través del lodo, a ciegas, y sin saber lo que había dentro?

—Tenía mucha prisa, no había nada mejor... —dijo Tuna.

—¿Y estos dos... te siguieron? —miré a Jota Sargo, sonriendo, como es él, con esa capacidad innata para acertar en la vida sin molestarse en escoger. Rito Escama, sin embargo, a pesar de ser tan niño, había actuado con sentido, o sea, con desesperación lógica:

—Yo seguí a Tuna Raspa porque ella iba a alguna parte, y los demás no.

Total, aquellos tres se habían pasado metidos en el depósito casi todo el día, hasta que el aire del interior se volvió irrespirable, cercana ya la noche. Horas eternas, sin poder hacer música para no acalorarse demasiado y malgastar el oxígeno. Prácticamente en silencio.

—El silencio estuvo bien —afirmó Tuna Raspa. Jota Sargo y Rito Escama asintieron con la cabeza. Su complicidad era un modo de decirme que a partir de ese momento iban juntos a todas partes, o sea, conmigo.

Llegamos a la Arruga de chatarra, buscamos durante un buen rato algo que tuviera apariencia de ropa y luego, mientras nos lavábamos en el agua limpia, les conté las incidencias del día anterior. Se hicieron cargo de la gravedad del asunto cuando les dije que Nix de las Marismas y Rosa Valquiria habían muerto. Les hablé de mis aventuras con los titiriteros, de su extraño modo de comportarse, de la voz sobrecogedora de Serena Fala, de la sensación que tenía de que ellos venían a contarnos algo importante y que el rechazo de Alagua les había hecho desistir; hasta que yo les pedí ayuda y sospechosamente cambiaron de idea.

—Me han pedido que les lleve a ver a Delfina Marea, pero antes quiero avisarla.

Nada más oírlo, Rito Escama ya estaba dispuesto a echar a correr:

—¿Y qué le digo?

—Le dices que a mí los titiriteros no me dan buena espina. Es buena gente, pero hay algo en ellos...

Rito Escama salió corriendo como un meteorito, con su cochambrosa camiseta de siempre, bien lavada pero la misma, y un segundo después saltó al vació del cortado y se perdió de vista.

—¿Me habrá entendido algo?

—Perfectamente, no es sordo —dijo Tuna Raspa, avalando a Rito—Y además no se cansa corriendo.

Lo cual era cierto, Rito Escama es la única persona que conozco que se cansa cuando está sentado, correr lo revitaliza. Supongo que por eso se ha pasado la vida entera corriendo. Que yo sepa, Rito no ha tenido nunca un refugio permanente, si cree que puede trasladarse de inmediato a otro lugar siempre desdeña el lugar que ocupa. Quizá también por eso tiene una imaginación tan desbordada: siempre ha llegado a lo posible antes que a lo real. Sólo la música consigue pararlo quieto y situarlo en el presente...

Poco más tarde, cuando nos asomamos al cortado, Rito Escama era ya un punto veloz avanzando sin tregua por la playa. Una playa de color ocre y piedras ocres, las marismas ocres, todo cubierto por aquella telilla contaminante que sólo las lluvias podrían disolver. Antes de seguir adelante, Tuna Raspa insistió en ver la mascarilla. Se la dejé con la condición de que no la desmontara de inmediato, algo muy difícil de evitar.

Tuna Raspa, como ya dije en su momento, es una prodigiosa bongosera. Su habilidad proviene vía directa de su curiosidad. La conozco desde antes de que ella fuera consciente de sí misma, todavía era un renacuajo desnudo cuando se empeñó en rondar cerca de mí, y desde niña siempre ha golpeado las cosas para ver si tenían algo en su interior. De ese modo terminó siendo percusionista, y a la vez desarrolló poderosamente el ingenio. Le pedí, por favor, que no maltratara la mascarilla, ella aceptó y cambió sus habituales baquetas por un trozo de alambre que había en el suelo. Lo dividió en dos, colocó la mascarilla entre unas piedras y comenzó a golpear el filtro. Prestó mucha atención al sonido:

—Parece como si tuviera trozos de corteza...

—No creo, es algo más... hueco —especuló Jota Sargo.

—¿Madera y polvo? —prosiguió Tuna.

Tuna Raspa siguió golpeando la mascarilla, y comenzó a mirarme de reojo. Yo miré hacia otra parte, qué remedio. Cuando volví a mirar, Tuna ya había soltado la tapa del filtro y curioseaba en su interior. Me sonrió, y lo cerró al instante:

—Papel, y carbón de las hogueras —afirmó, convencida.

—Tiene que ser algo mucho más complicado —atajé yo, porque quería que nos pusiéramos en marcha. Tuna me devolvió la mascarilla. Bajamos hasta la playa y caminamos a buen paso hacia Alagua. Yo iba delante, siguiendo las huellas de Rito Escama, para contaminarme menos, detrás iba Jota Sargo, y al final Tuna Raspa, por si el rastro de nuestros pasos dejaba algo por investigar. Medio siglo después seguimos siendo amigos, y cuando caminamos juntos lo hacemos así.

Después de abandonar la zona de playa que entraba en las marismas y de pasar el Promontorio, nos encontramos con el extremo de una hilera de cuerpos que ocupaban dos filas apretadas. Durante la noche los heridos de Alagua se habían multiplicado por tres. No se oía música por ninguna parte. Todo eran quejidos y lamentos, y las manos que se ocupaban de ellos eran tan pocas y estaban tan débiles que la situación sólo podía empeorar. Ya me veía de nuevo acarreando cadáveres, o más bien negándome a hacerlo y pasándole el turno a otro. Pero no sería hoy. Hoy tocaba silencio. Hoy todo era dolor, y la impresión que me causó siempre me hará pensar en aquellos tiempos como los tiempos de la Larga enfermedad. Hubo muertos antes, durante y después, pero fue aquel olor, la ausencia de música, y aquella sensación de completo desvalimiento la que perduraría con más fuerza en mi memoria. En aquellos días, todo en Alagua parecía estar pidiendo a gritos un cambio, un cambio radical que modificara nuestra existencia y que nos librara de morir nunca más de ese modo tan miserable.

 

Tuna, Jota y yo llegamos al fin junto al carromato de los titiriteros. El doble de cansados de lo normal. Serena Fala estaba allí cerca, atendiendo a un hombre que abrazaba el aire y daba la sensación de dirigirse a una persona inexistente que se encontraba cerca de su nariz, bizqueando, dando bocanadas... Serena Fala me saludó con la cabeza, y también el maestro Dosi, que estaba cerrando los arcones laterales del carromato con algún sistema de barras que impedía acceder a ellos. No me gustó su desconfianza, que horas más tarde comprendería, pero sí me gustó ver a La Remi, rodeada de los niños de la playa, representando para ellos el baile que había sido interrumpido por la llegada de la Nube ocre. Estaba pintada igual, desnuda igual, haciendo los mismos movimientos, pero ahora nadie huía de ella, incluso los adultos que acompañaban a los niños y los que estaban en los alrededores le prestaban una cerrada atención. Ahora sus aullidos, y sus contorsiones, y la única botella que ella golpeaba con un palito en sustitución del carillón de botellas del carromato, resultaban esclarecedores. Quizás aquel baile era el comienzo de algo, un aviso, una advertencia que a mitad de su emisión había sido interrumpida por la fatalidad. Mi cabeza era muy pequeña para albergar tantas preguntas. Como respuesta se escuchó en el cielo un trueno, y las miradas de todo Alagua se alzaron ilusionadas deseando que llegara pronto la tormenta.

La lluvia nos sorprendió subiendo por el serrucho del acantilado en dirección a la cueva de Delfina Marea. Rito Escama se nos unió a medio camino y los titiriteros cuchichearon entre ellos, conscientes ahora de que esperaban su llegada. Las nubes oscuras ya se habían apoderado de la bahía y al ascender nos fuimos metiendo en ellas. Cerca ya de la cueva, un viento racheado comenzó a lanzar sobre nosotros mantas de agua, acompañadas por un silbido muy desagradable. El camino se volvió peligroso, y la marcha silenciosa, tensa. Llegar al fin a la cueva fue todo un alivio. Parecíamos sombras que regresan a casa.

 

Recuerdo la luz,

la luz apagada,

y la gente empapada:

como llorada

                                    de cuerpo entero.

 

 Nos reunimos en la entrada de la cueva. Esperamos unos instantes, hasta escurrirnos bien, dejando un charco sobre la piedra oscura. Allí, dividiendo la entrada, había un cable metálico sujeto en el suelo y en el techo. Muy tirante. Los titiriteros y nosotros cuatro nos detuvimos cerca de él, lo rodeamos. El viento que se colaba entre nuestros cuerpos lo hizo vibrar, levemente, y su sonido entró en la cueva. El cable era sensible a la presencia humana, y cuando entramos dejó de sonar.

Rito Escama tiró de nosotros hacia dentro y le seguimos. Había en el aire un delicado olor a agua de hierro y por las paredes chorreaban hilillos de color rojizo, huellas del tiempo que conducían a una encrucijada de galerías, una estancia amplia con un gran agujero en el techo por el que en estos momentos entraba la luz escasa y la lluvia racheada. Alrededor de él, un refugio dispuesto con esmero: muebles, libros, instrumentos musicales antiguos... Nada de eso estaba allí las veces anteriores que yo había estado en la cueva. El agua que caía del techo, como un telón danzante, era recogida en un canalillo central que la conducía hasta una esquina, la más alejada del agujero del techo, donde se embalsaba en un estanque claro. Junto a él, había tres camastros inclinados. En dos de ellos, dos ancianos desmayados, y el otro vacío. Una mujer y un hombre, a quienes nunca volví a ver y cuyos nombres desconozco, se ocupaban de atenderlos. Nos quedamos todos cerca del círculo central, y de alguna galería adyacente salió Delfina Marea y se unió a nosotros.

De entrada, el maestro Dosi intercambió algunas frases casi de cortesía con Delfina Marea, y ella respondió de un modo tan parecido al suyo que Tuna me miró y yo la miré. Eran palabras de libro, pero entonces yo no lo sabía. Luego, el maestro Dosi le comunicó a Delfina Marea la existencia de un grupo de personas dispuestas a organizarse para que el Mundo Vertedero pudiera seguir adelante, simplemente para mejorar, dijo, y le entregó la Declaración del Centenario, del Vertedero Rodríguez. Era una pequeña lámina de plástico con la declaración completa, grabada al fuego. Delfina la recogió, la acercó y la alejó de su cara, entrecerrando los ojos, luego ladeó la cabeza, sonrió, y se la devolvió al maestro Dosi.

—Queremos que sepáis —intervino La Remi—, que todo esto se hace para evitar que muera la gente.

—Lo comprendo —dijo Delfina.

—Para que no vuelva a suceder lo que ha sucedido, ni nada semejante...

—Lo comprendo —insistió Delfina—. Pero no entiendo por qué me lo decís a mí. Decídselo a todos, que todos lo sepan. En Alagua nadie le dice a nadie lo que tiene que hacer. No tenemos organización...

—¡Mientes! —gritó Serena Fala, y su voz salió disparada contra la pared de la cueva, giró veloz alrededor de la galería y regresó al mismo lugar, convertida en un eco nítido y perfecto: ¡Mientes! Se escuchó de nuevo.

Fue una extraña salida de tono. Delfina Marea endureció de golpe su mirada y la clavó en Serena Fala. Esperaba resistencia, pero la chica abandonó el círculo, retrocedió hasta la boca de la salida principal, y emitió un sonido tan agudo que la cuerda metálica de la entrada comenzó a vibrar como loca. Tuvimos que taparnos los oídos. Unos segundos después, Delfina Marea perdió un poco el equilibrio y los ayudantes aparecieron detrás de ella y se la llevaron a su camastro. Serena Fala se detuvo; dio unos pasos hacia la salida y regresó enfurecida con nosotros. Farfulló algo sobre los heridos, medicinas...

Poco a poco, cada uno a su aire, ocupamos un lugar junto al estanque, y después de un largo silencio Serena Fala se disculpó:

—Yo no pretendía...

—Sí pretendías —dijo Delfina Marea—, y te agradezco que lo hayas hecho. Demasiados muertos, y lo que viene es peor. ¿A qué nos obliga la Declaración?

El maestro Dosi tomó la palabra:

—Los niños deben saber leer, tanto palabras como notas musicales.

—¿Para qué? Y no me lo digas a mí, explícaselo a ellos.

El maestro Dosi nos miró a los cuatro, jurado infantil:

—Debéis aprender las palabras escritas para comprender las etiquetas de las cosas que hay en la basura. Algunas contiene productos peligrosos, para vosotros y para los demás. Dentro de poco llegarán comunicados de otros vertederos, y vosotros podréis leerlos.

—¿Es difícil aprender a leer? —Jota Sargo.

—Si las letras escritas dicen todo lo que hay dentro... yo aprenderé —Tuna Raspa.

—Los comunicados... ¿los llevan mensajeros que corren? —Rito Escama.

—Un niño, una mascarilla —dije yo, Yoser Pez, que cuidaba de mi gente.

El maestro Dosi asintió con la cabeza.

—Y también el pentagrama —recordó La Remi.

Todos estuvimos de acuerdo.

Así de sencillo fue. Así se llegó al Acuerdo de la Cueva, que ahora se cuenta en la escuela de Alagua como algo memorable. Y no fueron los adultos, fuimos nosotros, cuatro niños que quizá nos estábamos allí por casualidad, los que aceptamos sin más el principio del cambio en Alagua.

 Leer.

 Todo se reducía a eso.

 

No recuerdo bien, ni hay modo de saberlo, de qué hablaron los titiriteros con Delfina Marea. De algún modo los ayudantes de Delfina nos distrajeron a los cuatro niños para que ellos pudieran hablar. Eran cosas de libro, insisto, aunque las hubiéramos oído no sabíamos qué significaban. Lo poco que entendimos, lo pillamos al vuelo.

—Hablaron del Control —dice Tuna Raspa, que aquí se incorpora al capítulo porque ha llegado hace un rato, acompañada de  Jota y Rito, y si no interviene no se quedan a gusto. Ahora nos estamos tomando unos zumos de caña, y todos coinciden en que debo hablar del control.

—Lo del Control siempre ha sido una cosa nuestra —digo yo, que soy el derrotista—, nunca sabremos si fueron imaginaciones...

—Es lo de siempre, Yoser —interviene Jota Sargo—, cuatro personas son ocho orejas, y todos oímos lo del control.

De acuerdo, lo cuento. Pero insisto en que son vaguedades.

El tema del control es algo que se nos quedó grabado por la cantidad de veces que se repitió esa palabra durante la conversación de Delfina Marea con los titiriteros. Aunque nosotros no entendíamos los términos, sí comprendíamos la secuencia. Era así: Ellos preguntaban, Delfina contestaba, y a continuación la pregunta sobre el control. Siempre el dichoso Control.

Como ya he dicho a lo largo de estas memorias, nosotros creíamos ser libres, que todo era casual, que Alagua se regía por la música y que la música surgía de la vida con toda naturalidad. Por lo visto no era así. Un ejemplo. La pregunta de Delfina Marea fue la siguiente:

—¿Por qué decidisteis regresar a Alagua?

—Primero por intuición de mi hija —afirmó La Remi—, pero sobre todo por la música de Yoser Pez. Muy compleja, hace falta educación musical para llegar a eso.

—Fue seleccionado —dijo Delfina.

—Quién lo mantenía bajo control.

—Un vigilante de la armonía.

—¿Podríamos hablar con él?

—Ha muerto.

—¿Cuántos vigilantes de la armonía hay en Alagua?

—Había cincuenta y dos. Han muerto veinte... y otros morirán.

—¿Podéis recuperaros?

—No. La armonía de Alagua está fuera de control.

Control. Nosotros tan felices y desde que nacíamos estábamos bajo control. Yo nunca me lo he creído del todo.

—Lo que te pasa, Yoser —dice Tuna Raspa—es que necesitas creer que todo lo has conseguido por ti mismo. Como componer el Preludio del Promontorio, como si la música no existiera antes de existir tú.

—Recuerda los círculos musicales, cuando eras niño —dice Jota—, allí había gente controlando tu música y tu evolución musical. En secreto.

—Cosas de niños —digo yo. Pero es cierto que existen algunos indicios, y no sería justo dejar de mencionarlos.

No mucho después de encontrar mi arpa de boca, cuando yo tenía unos cinco años y ya se formaban en la playa algunos corros de gente para oírme tocar, y sobre todo para acompañarme tocando, se acercó un día un hombre pequeño, con la chaqueta y el pañuelo típicos de la gente de las marismas, pero sin la falda, con el pantalón a media pierna propio de los de Alagua. Un hombre al que yo conocía de vista y al que había seguido en varias ocasiones, en los corros de los adultos, donde a veces se tocaba música que intentaba ir más allá, música que te hacía crecer. Aquel hombre me llevó por vez primera a la cueva de Delfina Marea, eso es un hecho, y desde aquel día, también un hecho, cada vez que tuve una duda musical y la expresé interpretando, casualmente, alguien me ayudó a encontrar la solución. Yo digo que fue de forma natural, y mis amigos dicen que estaba planificado.

—Lo único cierto es—digo yo— que si hubo alguna vez un control, aquel día se terminó. Nunca volvimos a saber nada de los vigilantes de la armonía.

—Ya no hacían falta, Yoser —dice Tuna Raspa—. A partir de entonces nos controlaron las palabras, y los barrotes del pentagrama.

Los cuatro nos reímos a la vez, por eso de los barrotes del pentagrama, algo en lo que no creemos...

Como se está haciendo tarde, y yo soy el más viejo de los cuatro, y estoy cansado, voy a dejar que sea Rito Escama quien termine este capítulo.

—Yo no escribo muy bien, Yoser —se queja Rito.

—Ya lo sé, pero corres que te las pelas. Tú en un párrafo te lo quitas de encima, y yo emplearía varias páginas.

—¿Y qué te queda?

—La despedida. Delfina Marea toca el violín.

(Rito acepta. Bueno, hasta el próximo capítulo, les dejo con mi amigo. Saludos.)

Resumiendo. Los titiriteros hablaron con Delfina Marea hasta la hora de comer. Nos moríamos de hambre, por eso lo recuerdo. En la salida, ella nos ofreció una canción triste, o alegre, quién sabe.

Delfina Marea tocaba un violín cuya caja de resonancia era la pierna de un maniquí. Por el tamaño, debía de pertenecer a un maniquí adolescente, y la música que sacaba de él, al igual que su color, era inequívocamente rosa, como la carne de superficie, la carne cuando no se resiste a ser tocada y los dedos que la acarician y la aprietan dejan una huella encarnada que indica que debajo hay vida. Si al escuchar a Delfina Marea te dejabas atrapar por la imagen de la pierna rosa, con las cuerdas clavadas en el empeine, atravesando el pie y saliendo por el talón, donde estaban las llaves para afinar, entonces tus sentimientos vagaban hacia lo tenebroso, lo mórbido y cruel. Pero si tenías el coraje de cerrar los ojos, tu propia carne se abría como una flor y reconocías esa otra carne diluida en el aire que era su música, y te preguntabas por qué, por qué lo humano, porqué.

 

Resumiendo. Nada se debe resumir nunca.

Rito Escama.

                                                                                                            (continuará)