16.- La Nueva Alagua

  …porque el permanecer

está en ninguna parte.

Rilke. Duino, 1.

Hubo muertos, es un hecho. En concreto cinco. Cinco seres de carne y hueso. Respiraban y dejaron de respirar, vivían y dejaron de vivir, amaban y dejaron de hacerlo, pero se les siguió amando, de un modo intemporal, para siempre. Como siempre fue y siempre será.

Yo no hubiera comenzado el capítulo así, de un modo tan visceral y siniestro, y en caso de hacerlo probablemente lo hubiera suavizado diciendo que durante la construcción de la Nueva Alagua hubo gente que perdió la vida, personas que fallecieron por mala suerte y por desgracia y también por descuido y porque las obras son peligrosas y el peligro se materializa en accidentes… Pero no todo el mundo está de acuerdo con mi manera de contar las cosas. Al parecer soy demasiado complaciente y desmemoriado. Y hay olvidos que ofenden.

La semana pasada, en los postes del malecón donde se publican estas memorias, aparecieron inopinadamente cinco círculos blancos cubriendo la última página del capítulo quince, impidiendo su lectura. Aleta la Piedra y los alumnos de la escuela ya habían copiado el capítulo y fueron tan amables de pasar a limpio la hoja y cambiarla, pero al día siguiente los círculos estaban allí de nuevo. Y así hasta cuarto veces. A la quinta, yo mismo asistí con Aleta al cambio de hoja. Luego vigilé desde el ventanal de mi casa a los lectores que desfilaban por allí, y al caer la tarde fui remando en mi bote hasta el poste en cuestión y me amarré a él, por si el misterioso colaborador tenía algo que decirme. No voy a negar que estaba muy enfadado, y además muerto de frío. Los círculos blancos siempre aparecían al amanecer, de modo que me envolví en una manta y mientras esperaba encendí un candil. Pronto oscureció, las luces de Alagua comenzaron a reflejarse en la bahía y detrás de las nubes oscuras que corrían por el cielo se insinuó la luna llena, sin fuerza. Como todavía estaba convaleciente de mi enfermedad, la espera se me hizo eterna, perniciosa, y cerca de la medianoche sufrí una tiritona febril y a continuación un ligero desvanecimiento. Fue muy leve, incluso pensé que era un sueño, una simple cabezadita. Cuando abrí los ojos, había frente a mí un pulpo azul, de tamaño humano, riendo a carcajadas y golpeando la borda con un tentáculo, como si nos encontráramos a mitad de una conversación, al final de un chiste bueno. Cuando se calmó, nos miramos y me resultó familiar, y pensé en alto: me resulta familiar. Apenas lo dije y la cara del pulpo adoptó los rasgos faciales de Bor Tam Bor, y del extremo de cada una de sus patas surgieron luminosas baquetas de diferentes colores y grosores. El candil emitía una luz exagerada, deslumbrante, pero no en todas direcciones, sólo enfocaba hacia la superficie del agua, como invitando, latiendo. Bor Tam Bor se puso de repente a engordar, o más bien se infló, con las patas tan anchas que apenas podía moverse, y cuando alcanzó el tamaño de un pulpo gigante a punto de explotar, la barca se inclinó hacia la proa y comenzó a sumergirse. Todo era placentero,  el agua estaba caliente, como el mar de verano. Antes de que mis ojos cruzaran la línea del agua, miré a lo alto: la luna nueva tenía un color morado oscuro y estaba rodeada de un gran círculo blanco.

Bajo la superficie, Bor Tam Bor se agitó frenéticamente, con poder, y de sus ocho patas salieron ocho golpes de tambor que hicieron avanzar la barca en dirección al fondo de la bahía. Según bajábamos, pude comprobar que estábamos en la época de la construcción de la Nueva Alagua. Había por todas partes cuerdas que colgaban de la superficie, izando piedras o bajando enormes bloques de chatarra. Había mucha luz, como si en el exterior fuera  mediodía. Pensé que aquello me gustaría verlo con más detalle, y al pensarlo la barca se detuvo y Bor Tam Bor la estabilizó bailando el agua con sus baquetas, que sonaban retardadas, como en un líquido más denso, tal vez aceite, y el sonido penetraba en los oidos, y se deslizaba por el interior como si tuviera manos, y llegaba a sonar muy dentro de la cabeza... Era muy agradable, primordial. De pronto Bor Tam Bor se detuvo, y las baquetas se alargaron y señalaron hacia la superficie. Pude ver un grupo de personas que entraban en el agua, cogidos a sacos de plástico rojos llenos de piedras. Bajaron hasta el fondo y los colocaron siguiendo una línea ya comenzada y bastante larga. La línea del dique de la bahía, la que marcó el trazado de la plataforma sobre la que se encuentra en la actualidad Alagua. La velocidad de las inmersiones aumentó de repente y la línea avanzaba y avanzaba mientras arriba se sucedían el día y la noche en cosa de segundos. Luego dejaron de bajar y en su lugar lo hizo una campana de plástico sujeta a raíles de hierro. Dos hombres descendieron y ocuparon su interior, y a continuación los sacos rojos caían desde arriba y ellos dos los colocaban en su lugar. Así durante un buen trecho, hasta que de pronto en la superficie se volcó una barca y un racimo de bolsas rojas cayó sobre la campana y la golpeó y la volcó y salió todo el aire de su interior y un hombre quedó atrapado y otros muchos desde arriba tiraron de la cuerda pero no pudieron soltarlo y otros bajaron con flotadores lastrados a darle aire hasta que el hombre ya no tuvo fuerzas para respirar. Tenía el pecho roto. Cuando subieron más tarde los hombres con el cadáver, también Bor Tam Bor y yo subimos, y amerizamos, y entonces pude verme a mí mismo de joven sobre una balsa de plástico rodeando aquel cuerpo amigo y llorando con los demás su pérdida. En un instante, el día se oscureció, y los dolientes envueltos con mantones de algas llegamos desde la orilla remando a la luz de las antorchas, y sujeta a cuatro piedras talladas sumergimos una rueda de coche con banda blanca, la última llanta, en el lugar donde se había perdido una vida humana. Entonces quise recordar el nombre del amigo muerto, pero no pude. Sentí el cuerpo empapado, como si llorara por todas partes. Entonces Bor Tam Bor alargó un tentáculo amable hasta mi cara y la más pequeña de las ventosas me besó en los labios. Luego tocó con expresiva delicadeza sobre la superficie del agua una marcha fúnebre, muy, muy lenta, que dibujaba círculos grandes, tan grandes como es la vida... y según la estaba oyendo recobré el conocimiento.

—Se llamaba Ligeti —dije al despertar.

Me incorporé en la barca, con dificultad. Ligeti. Sentía la cabeza pesada, como llena de gelatina. Ligeti. El candil estaba apagado, volcado sin duda de un manotazo. Me tome un tiempo para recuperarme. Respirar. Alagua dormía casi en silencio y la capota de nubes ocultaba la luna llena; sólo se escuchaban, como un eco sordo, las notas perdidas de los noctámbulos aferrados a su instrumento antes de rendirse con la llegada del día. Durante el desvanecimiento, la manta había saltado por la borda y aunque no tenía frío me encontraba extrañado. Ajeno. No sé... como si sospechara de mí mismo. Aquello me daba mala espina, y regresé de inmediato a mi casa, sin esforzarme remando, con mucha precaución. Al llegar, me fui derecho a la cama, y nada más arroparme sufrí un desmayo, un desmayo lúcido, tanto que no llegué a cerrar los ojos. Lo viví como un fogonazo de luz, una especie de esclarecimiento.

Ahora me encontraba en el Promontorio. Rodeado de gente. De pie, de puntillas. El pulpo Bor Tam Bor estaba a mi lado, mirando hacia adelante. Asistíamos a un concierto multitudinario con música de György Ligeti. El Réquiem. Un coro de voces humanas muy inquietante, traumático: sonido congelado dando sus primeros latidos. Los espectadores estaban entregados, vibraban con cada nota, se agitaban en completo silencio. Algunos procuraban rozarse con los de al lado, y otros no hacerlo en absoluto. El desasosiego presidía la ceremonia. Bor Tam Bor me hizo una señal y avanzamos entre la gente hasta llegar a primera fila, donde había una barrera de personas sentadas en el suelo, como en trance. Allí mismo, de espaldas, estaba Amanecer Ligeti, el submarinista muerto, tocando la música de su compositor favorito en un órgano de gritos. Cuando él pulsaba una tecla, se tensaba una cuerda que iba a la cintura de un miembro del coro y éste cantaba su parte. No se respetaba la partitura original, eran variaciones sobre el Réquiem usando sólo sus elementos, pero colocados en otro orden.  Algo sublime y aterrador: sonaba primero en la nuca y después en los oídos. Sentí un miedo primigenio, la necesidad urgente de huir. Entonces Bor Tam Bor me llevó de la mano allí cerca, al borde del acantilado, y pude ver desde lo alto la titánica obra de la Nueva  Alagua. La actividad humana era incesante, muy bien organizada, a ritmo suave de timbales. Había una veintena de pantalanes cruzando en todas direcciones, muchas barcazas, cientos de balsas, y el dique ya estaba casi terminado. Por miedo, giré la cabeza, y a mi espalda los espectadores del concierto habían desaparecido, no así Amanecer Ligeti, que seguía tocando, como iluminado, aunque sólo se escuchaba de fondo el sonido de los timbales. Bor Tam Bor me dio un codazo y señaló Alagua con una larga baqueta roja. Aparecieron cinco puntos con otras cinco ruedas blancas. Cuatro en el agua y una en la orilla. La que correspondía a Amanecer Ligeti desapareció y la de la orilla se hizo más grande y luminosa. Al instante aparecimos en ese lugar y encontramos el carromato de tambores desvencijado y el cuerpo famélico de Bor Tam Bor falleciendo en ese preciso momento: las baquetas se le cayeron de las manos, sus ojos cansados se cerraron y la cabeza cayó hacia adelante. El pulpo Bor Tam Bor se limitó a tocarle con la baqueta roja y el cuerpo se derrumbó hacia un costado.

—Me llegó la muerte —dijo el pulpo Bor Tam Bor— por el frío de una sola nota.

—El frío de una sola nota —repetí yo, abriendo los ojos, y la luz de la mañana ya había invadido mi casa.

Me encontraba mal, agotado, me dolían las piernas. Dormí profundamente un par de horas. Luego se oyeron unos golpes en la puerta, y entró Aleta la Piedra, corriendo, como de costumbre.

—Es tarde, Yoser Pez, te has dormido, ¿estás enfermo? En la hoja, hay tres círculos blancos, faltan dos...

Le conté que había sufrido un mareo y que había regresado a casa sin poder sorprender al misterioso colaborador. Me ofreció traerme sopa, pero le dije que me iba a levantar de inmediato, cosa que hice para acompañarla hasta el poste. Había tres círculos blancos en aparente desorden. Aquello era imposible. La identidad de los dos primeros muertos la había descubierto yo, durante un desmayo, horas antes, y eso nadie podía saberlo. Sólo yo podía restar y dejar tres círculos pendientes, y además colocados en la ubicación señalada por el pulpo Bor Tam Bor. Sentí un escalofrío, y lo disimulé con un encogimiento de hombros, como si no tuviera importancia. Le dije a Aleta que regresara a la escuela sin preocuparse por mí, y una vez en casa revisé mis pantuflas. Tenían verdín de las piedras del malecón, aunque en teoría sólo las usaba en casa. Sin duda el colaborador estaba bien cerca, más cerca imposible. Era evidente que los círculos los hacía yo, probablemente en episodios de sonambulismo, y llevaba cinco días haciéndolo. Como suele decirse, las piezas encajaban. Esa misma noche, apenas unas horas antes, mientras contemplaba la muerte de Bor Tam Bor, en realidad estaba caminando dormido con una tiza en la mano para darme a mí mismo pistas y anticiparme así a un olvido más que probable. Algo grave en qué pensar, y más después del capítulo anterior, donde aparecían Aquel Muchacho y Aquella Mujer tan descaradamente simbólicos que quizá nunca existieron.

 

 

El misterio ha durado poco, y la verdad es que me alegro. A mí no me gustan los misterios, de hecho los detesto, me parecen un vicio peligroso; si uno se acostumbra a ellos puede caer en la retórica barata de dejarlo todo pendiente, todo sucederá después, todo tendrá explicación luego, todo se desvelará entonces y todo enigma quedará resuelto al final. Al final. Y qué pasa mientras tanto. Y qué pasa durante. Y qué pasa entre medias, que es cuando sucede la vida. Un viejo debe rehuir los finales, no dejar nada para después, porque después no queda tiempo.  Digo yo.

Sin embargo, eso no cambia el hecho de que he sido capaz de crear un misterio para engatusarme a mí mismo, como si fuera un chiquillo, y haberlo resuelto oscurece todavía más estas memorias. En el fondo un sonámbulo es un fantasma con algunas cuentas pendientes, y debo averiguar cuáles son las mías. Está claro que ni yo mismo me permito, porque me conozco, ciertos olvidos, y si para evitarlo debo sacarme de mí, enajenarme, lo hago, a la vista está. Pero tampoco hay que dramatizar... un recurso todavía más pobre que hacerse el misterioso. Si algo me han enseñado los años es la enormidad de mi ignorancia, que aumenta como es obvio al adquirir conocimientos, y desde luego ser consciente de que mis memorias tienen entidad propia, y me escriben ellas a mí en vez de lo contrario, es una fuente de sabiduría como otra cualquiera. Debo aprender de ello y buscarle un sentido. Quizá se trate simplemente de una lección moral. Un toque de atención. Tengo que ser más humilde, hablar menos de mí mismo, no olvidar que el Yo no basta, que hay Otros en el mundo, que sin Ellos nada sería posible, que cada uno de los cinco muertos de la Nueva Alagua se llevó una posibilidad que tal vez fuera la mía. Vivo, y cuento mi vida, sobre una esterilla de cadáveres que reclaman su parte, porque la merecen, porque tuvieron nombre propio. Y es justo nombrarlos ahora mismo, sin esperar más:

Amanecer Ligeti, organista y submarinista.

Bor Tam Bor, percusionista y animador de obra.

Ola Batán, soprano e ingeniero.

Barracuda de las Marismas, guitarrista y cargador.

Ojalá Nono, flautista y prensador de chatarra.

Una vez nombrados qué fácil es sentirlos cerca, que fácil creer que podría dibujar sus caras, incluso sus miradas... si supiera dibujar, claro.

¡Cómo no recordar a Ola Batán!

Juro que nunca me hubiera olvidado de ella, diga lo que diga mi mente de sonámbulo. Ola Batán era una persona muy apreciada, una autoridad reflexiva. Tan flacucha que costaba imaginar que cupieran tantos pensamientos en su cabeza. Lo que pasa es que los tenía muy bien ordenados. La misma Tuna Raspa, por entonces ingeniero oficial de Alagua, la admiraba y recurría a ella con bastante frecuencia, y eso que a Ola Batán no le gustaban los grandes proyectos, sólo las cosas pequeñas, las maquetas ideales, la Teoría. Una grúa con balancín era lo que necesitábamos y ella la diseñó de un modo impecable, y también implacable. Lo calculó todo al milímetro, con exhaustiva precisión. Una vez construida nos dijo claramente Diez toneladas máximo, y cargamos de más y la grúa la mató y la arrojó al mar. Yo no estaba en la maniobra, pero podía haber estado. Cuando Tuna Raspa me lo contó, revisamos el trayecto del bloque de chatarra y nos costó muy poco dar con el fallo, con la triste cadena de fallos. Según dijeron los prensadores de chatarra, el bloque era grande, superior en tamaño a los anteriores, pero entraba en la prensa y por eso lo dejaron pasar. Los que lo trasportaron en la vagoneta hasta el borde del agua tuvieron dificultades para deslizar el bloque sobre los rodillos y subirlo al pantalán, tenían la sensación de que no lo controlaban, como si tuviera en el interior algo muy pesado y se moviera, dijo uno, y todos afirmaron que se habían alegrado al quitárselo de encima. Por su parte, los encargados de pesarlo en la plataforma flotante dijeron al unísono que el bloque pesaba exactamente el tope, o sea: diez toneladas. Claro, les dijo Tuna Raspa, es que no puede pesar más porque la plataforma se apoya en el fondo a partir de ese peso, si no se hundiría. Ella misma la había construido, pero también se había equivocado no avisando de sus limitaciones, y habían bastado quinientos kilos de sobrepeso en una carga inestable para que momentos después la grúa se viniera abajo, arrastrando a la confiada Ola Batán, que se apoyaba en ella supervisando la maniobra. Cada cual aportó lo suyo en un desastre encadenado, incluso Ola Batán, que murió por tener demasiada exactitud en un mundo cargado de aproximaciones. No tuvo en cuenta que una grúa siempre debe mentir a sus operarios, que si dice diez toneladas debe admitir doce o trece, para compensar los errores de apreciación humana y la acumulación de fallos. Su falta de contacto con la realidad y su fe ciega en los cálculos la convirtieron en el eslabón débil de la cadena y cuando la cadena se rompió... a ella se le acabó la partitura. Tan crudo como suena.

Nunca recobramos el cuerpo de Ola Batán. Se incorporó al relleno del dique junto con la última llanta que señalaba el lugar de su muerte. Todo sus conocimientos, y las combinaciones extraordinarias que sólo conocía su cerebro único, se perdieron, no tuvo tiempo para trasmitirlos ni futuro para desarrollar sus ideas. Además, era una soprano memorable, muy fogosa, indisciplinada, con una manera de cantar que no gustaba a muchos pero a nadie dejaba indiferente. Parecía feliz en esa tierra de nadie, en ese paisaje interior donde se encuentran la música y las palabras. El canto la hacía brillar.

Lo mismo que a Barracuda de las Marismas su fabulosa guitarra percutida, con martillitos de piano en su interior, y tocada con la mano izquierda y el pie derecho. Era el hombre más fuerte que he conocido, o mejor dicho, el hombre que mejor sabía utilizar su enorme fuerza. Si algo no estaba sujeto al suelo, él podía moverlo, a donde fuera, tardara lo que tardara. Le faltaba el brazo derecho, desde el codo, y salvo para avisar de un peligro inminente era completamente mudo. Lo recuerdo muy bien, tuve trato con él, aunque por supuesto nunca cruzamos palabra. Barracuda de las Marismas respondía en todo al adjetivo bizarro. Con su porte erguido, firme y orgulloso, lo veo dando gritos muñón en alto al final de un concierto, pero sin amigos a su alrededor. Tenía preocupantes arrebatos de ira cuando no lograba mover algo, y le gritaba a las piedras y les mentaba a sus antepasados y le decía a una viga inmóvil todo tipo de obscenidades para obligarla a moverse. Y también era bizarro porque su música rompía los cánones, se alejaba tanto de lo previsible que nadie podía seguirle ni acompañarle y siempre tocaba sólo. Murió en silencio. No nos enteramos. De repente estaba con un grupo cargando en una barcaza una pieza, no recuerdo de qué, se metió debajo y un instante después había desaparecido. Pasaron varios minutos antes de que alguien se decidiera a saltar al agua y buscarlo, infructuosamente. El agua estaba turbia de los trabajos del día, se detuvo la obra y la búsqueda continuó hasta la noche. Al día siguiente lo encontramos bajo la carga, sujeto a ella, pero debajo del agua porque el suelo del pantalán se había roto bajo sus pies. Cosas que pasan.

La gente de las marismas encontró cientos de partituras en casa de Barracuda, todas para guitarra percutida. Curiosamente, hoy en día todo el mundo interpreta su música con otros instrumentos ya que sólo él comprendía el suyo y sólo él podía tocarlo. Casi nadie se acuerda sin embargo de su persona, lo cual, en cierto sentido, es todo un elogio. El suyo fue un legado tan elocuente como su voluntaria mudez. Yo mismo hice la talla de las cuatro piedras de su última llanta. En la primera Barracuda de las Marismas cargaba con la Nueva Alagua igual que Atlas con el mundo. En la segunda había un plano para la construcción de una guitarra percutida. La tercera tenía forma de cubo atravesado por una esfera. La cuarta no la recuerdo. Quizá la cara de alguien que lo amó, o la cara de quien más lo amaba, como era entonces la costumbre.

Tampoco me acuerdo de Ojalá Nono, sólo que su nombre aparecía al final de la lista de muertos, como una resonancia. He preguntado por él pero nadie ha sabido darme razón fiable. Los flautistas de Alagua, que son muy raros y tienen sus propias leyendas, dicen que uno de los suyos murió el día de la inauguración del pozo de los pulpos azules, cuando se dio por concluida la Nueva Alagua. Eso es cierto, yo mismo vi caer el cuerpo y servir de primer almuerzo a nuestra reserva de proteínas, pero no recuerdo que tuviera la pinta desastrada de un flautista. Tampoco recuerdo nada más de él, no quiero meterme con el gremio de sopladores tangenciales, quede claro, bastantes problemas tuve con ellos en el estreno del Preludio del Promontorio. En fin. De Ojalá Nono queda la expresión que le dio nombre y que tanto utilizamos en la actualidad, sobre todo los flautistas, insisto, cuando queremos decir que el futuro que se nos viene encima debe ser negado incluso con el deseo. Ojalá nono me hubiera olvidado de él y ojalá nono me lo reproche nadie.

En cualquier caso, antes de dar por concluida esta necrológica involuntaria, aunque sea yo mismo quien se ha forzado a ella, debo protestar una vez más contra las imposiciones de la memoria y los trastornos que el olvido ocasiona. Nadie se acuerda de todo el mundo, fueran importantes en la comunidad  o casi anónimos, alguno sólo tiene su muerte como hecho destacable, y no pasa nada si alguien que debiera ser no es mencionado. El texto debe seguir su curso aunque duerma el navegante. Ya dije al principio que de haber podido escoger no hubiera trazado este rumbo. Lo cierto es que si me abandono al recuerdo de la construcción de la Nueva Alagua tengo sentimientos bellos y gloriosos. Nos destrozamos los riñones pero fuimos valientes, más que valientes, fuimos audaces. Supimos aferrar el relámpago con las manos desnudas, como dijo el poeta Hölderlin. Nos hicimos dueños del comienzo de nuestro futuro y la vida nos lo supo agradecer. Se puso de nuestra parte. Recuerdo que cada día llegaba cargado de sorpresas y por este motivo amábamos la vida, porque la oíamos latir con intensidad en cada una de las cosas y además éramos conscientes de ser nosotros el origen de esa pulsión. El esfuerzo descomunal que representaba para la comunidad poner en marcha cada jornada aquel corazón artificial, la Nueva Alagua, nos estaba moldeando y a la vez nos definía. Recuperar un pasado de escaso valor objetivo y fundamentar en él un futuro que se pretende sólido... eso es osadía.  Tardamos en hacerlo casi dos años. En ese tiempo supongo que hubo lluvia, viento y nieve, pero en mi memoria aquellos días fueron todos soleados. Una gozada.

Me despido con un poema que resume lo que he sentido al escribir este capítulo. Hasta pronto.

 

ALGUNAS VECES

Algunas veces casi me siento

como si al decirme estuviera aquí

y fueran éstas mis palabras dactilares

inquietas y anhelantes

al acecho

dibujando sus líneas retorcidas

para caer de garras sobre lo real

despedazar el tiempo cuando todavía es carne

y otorgarme consuelo breve

parca compañía

terca conversación

tal vez un herida nueva

una duda sangrante

y si tengo suerte una pregunta.

 

 

(continuará) 

 

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