15.-Vida flotante

Cuando todo se hunde cualquier cosa que flota contiene una esperanza y aquello que antes era desechado porque no servía para levantar algo sólido ahora es apreciado porque gravita sobre las aguas. Su falta de peso, su levedad, su escasa consistencia, que pueda ser arrastrado por el viento y zarandeado por la marea, que un niño pequeño pueda partirlo o agujerearlo, significa que ese objeto se encuentra a medio camino entre el aire y la materia, que es un deseo de permanencia apenas insinuado, es una ilusión y también un poco más, de ahí su valor. Un sencillo bidón de plástico puede salvarte la vida en un naufragio, cuatro tablas podridas sobre dos barriles sacarán adelante a un grupo de personas, y una cáscara de nuez puede albergar cincuenta hormigas dispuestas a colonizar el horizonte. Dice la leyenda que hubo un tiempo en que se fabricaba vino de uva y se guardaba a buen recaudo en botellas de cristal, y se le ponía en la boca un tapón de corcho, de la corteza de un árbol, de modo que tan preciado líquido pudiera navegar entre las aguas. Aunque no sea cierto, el nombre del vino ha llegado hasta nosotros, y con él la posibilidad de que exista y que sepa rico y además emborrache. Como la esperanza, digo yo.

 

Hoy me siento viejo. He pasado las dos últimas semanas enfermo en la cama, con una fiebre muy alta, delirante, por culpa de algo que comí en mal estado, yo que antes comía la peor de las basuras sin que me doliera el estómago, y ahora me duele todo. Me cuesta respirar, me cuesta caminar e incluso sostener el bolígrafo. Escribo desde la tumbona que me regaló Delfina Marea y, como no tengo costumbre, no acabo de coger la postura, me lamento todo el rato, discuto hasta con la manta que se me enreda en las piernas, abandono la redacción con cualquier pretexto, y me deprimo. Y verme deprimido me deprime todavía más, y pienso continuamente que estoy a punto de morirme; no que me voy a morir, que sería lo normal, sino que voy a hacerlo de un momento a otro, casi sin enterarme, en el intervalo que hay entre un pestañeo y el siguiente. Eso me angustia y me da miedo, cambia mi modo de mirar las cosas, como si mis ojos fueran garras que se lanzan sobre lo que ven con la intención de atraparlo, retenerlo, no dejarlo escapar. Es un sentimiento desesperado en el que todo parece urgente y a la vez imposible de alcanzar. Me destroza los nervios, lo llevo mal, no lo soporto. Me enfurece estar tan limitado, tan achacoso, y no poder librarme de este olor a decepción que tiene la vida cuando se acaba. Sé que la edad me hace un candidato preferente a morir,  eso no lo discuto, lo único que le pido a la muerte es que tenga la delicadeza de avisarme con un mínimo de antelación, para poder ir resumiendo. En el fondo sería lamentable que mi historia se quede en el aire, en suspenso, que nadie escuche hasta el final lo que tengo que decir... que éstas sean las Memorias inconclusas de Yoser Pez. O que otro tenga que terminarlas. Aunque mis amigos me visitan casi a diario, y me atienden con esmero, por puro egoísmo echo de menos a la humanidad desconocida, extraña, interesada, alguien que además de escucharme quiera hacerlo. Me veo un poco al margen, ensimismado en una especie de ausencia, presintiendo el momento en que ya no estaré aquí, el momento fatal en que dejaré de contar. Es como saber que el mundo continua en otra parte mientras mi vida se limita a registrar estos recuerdos, a dejar constancia de este pensamiento, a elaborar en el fondo una despedida larga, y tenaz... Pero hay que respirar, claro, porque cada bocanada de aire importa, y en este lugar tan desolado el aire son las palabras. Por eso es relevante cada palabra buscada con anhelo y luego dedicada a algo concreto, real. A fin de cuentas esta lámpara tan fea que tengo a mi lado podría ser mi último testigo y por simple agradecimiento debo hablar de ella como si lo fuera todo. Debo darle un reconocimiento: es delgada, famélica, larga y retorcida, con una tulipa de plástico rojo oscuro, el cuerpo verde botella… Debería escribirle un poema, ahora que todavía tengo fiebre. Es una broma.

Se supone que este capítulo es importante, que en él debo contar un episodio trascendental, histórico de Alagua, nada menos que el principio de su construcción, tal y como la conocemos. El origen de este malecón en el que me encuentro, de las casas y las calles que veo desde mi ventanal, del largo estuario que conduce a las Marismas, del auditorio de música que corona el Promontorio... con todos esos detalles, y esa urgencia de datos y descripciones físicas... Sin embargo me siento débil para semejante magnitud, tampoco es mi estilo, y no quiero contar estos hechos fijándome en los acontecimientos digamos memorables, sino en algunos detalles insignificante que los acompañaron y que, curiosamente, se convierten al relatarlos en el pilar de este recuerdo. Lo pequeño, lo mínimo, se me impone. Una vez más. Sobre todo en lo humano.

Es por tanto el momento de recordar a los que fueron ignorados y abatidos por la memoria, los que la historia quiere olvidar como olvida el cuerpo su esqueleto. Los pequeños, los que cruzaron por aquel instante crucial de un modo fugaz y cuyos nombres no recuerdo porque nunca los supe. Seres que dejaron un solo gesto, una frase apenas. Todo un legado.

 

¿Qué fue de Aquella Mujer que durante la Marea Definitiva salvó sus centenares de vestidos haciendo montones de ropa en la playa? De entrada daba mucha risa verla, parecía una loca que colecciona un vestuario de otra época, un espectro más de los que vaga sin dirección por la arena, entregado al absurdo. La pobre mujer huía de la inundación arrastrando baúles, y sabía que no podía transportarlo todo de un golpe, y que debía decidir, escoger, pero no lo hizo y se arriesgó a mover la ropa a poquitos, a montones que avanzaban juntos, si se salva uno que se salvan todos... Un modo extraño de obligar a las cosas a que colaboren y tiren las unas de las otras, que generen al hacerlo su propia esperanza. Y lo consiguió, consiguió salvar todo su vestuario, y todavía le sobró tiempo para arrastrar después por la playa los cinco baúles vacíos. Ninguno le echamos una mano. Yo mismo la estaba viendo, junto a otras personas, y no moví un dedo. Para qué. Estábamos muy ocupados contemplando la Marea Definitiva. Cuando el mar llegara al punto más alto, por vez primera todo Alagua quedaría bajo las aguas. Y eso era para nosotros lo más importante: constatar lo inevitable. Hay que comprender que lo habíamos perdido todo y no éramos capaces de reaccionar, como sucede en todas las catástrofes. Es tanto lo que queda reducido a la mínima expresión delante de tus propias narices que observar esa destrucción devora tu presente. El tiempo sigue, pero tu tiempo se detiene. Eres, y te sientes, un afectado. Crees que sólo el dolor de la pérdida debe ocupar el espacio, y de hecho lo hace. Por supuesto, pierdes mucho más de lo que perderías si no te quedaras mirando cómo se pierde, pero te disculpas pensando que al hacerlo valoras lo que desaparece. Un callejón sin salida que conduce a la inmovilidad. Sientes demasiado intensamente como para actuar, estás paralizado, y de pronto te sientes tan perdido que sigues a la primera sombra que se mueve, sólo porque no está quieta. Por eso, casi sin darnos cuenta, imitamos a Aquella Mujer. Porque al verla comprendimos que los objetos de nuestro pasado eran algo más que basura desechable. Merecían, como nosotros, una nueva oportunidad.

El gesto de Aquella Mujer fue providencial. Coincidió con el peor momento de Alagua, cuando el desastre se había adueñado de nuestras vidas y el mero hecho de alimentarnos representaba todo un problema. Vivíamos bajo mínimos, y después de una década de abundancia habíamos perdido la costumbre de vivir con tan poco. Alagua tenía ahora la mitad de  población, la otra mitad se había marchado, pero el viaje era largo y duro y para que pudieran subsistir les entregamos, no podía ser de otro modo, casi todas nuestras provisiones, y sin tener garantía de poder reponerlas. De pronto, nos habíamos quedábamos sin reservas. Que Alagua se estuviera inundando y que la grieta de conexión con el mar fuera cada vez mayor permitía a los peces huir, cuando antes se encontraban atrapados y eran fáciles de pescar. Además de la penosa tarea de olvidarnos del futuro, y de rescatar el pasado sin demasiado ímpetu, dependíamos de la búsqueda del sustento diario. Día a día, y de sol a sol. No había luz eléctrica, el molino que la generaba estaba desmontado cerca del Promontorio, igual que la potabilizadora de agua. Se acercaba el invierno del año 113 y no teníamos comunicación con el exterior. Nadie vendría en nuestra ayuda. Los que se habían marchado llevaban con ellos la noticia de nuestra desaparición. El vertedero de Alagua había dejado de existir, devorado por el mar. Nos encontrábamos como diez años antes, pero ahora sin recursos. Hasta los pulpos azules escasearon, y eso nadie lo recordaba ni en el peor de los tiempos. Sin embargo Aquella Mujer, su gesto sencillo y torpe, pero al final significativo, tuvo la cualidad de proyectarnos hacia el futuro con un poco de alegría. Su iniciativa particular desembocó en una imitación colectiva y de ese modo se salvaron los libros, en cadena humana graciosa, y acelerada, porque lo de hacer montoncitos da risa, y también prisa. Y los muebles y demás objetos valiosos se salvaron haciendo lo mismo pero por cuadrillas, hasta que todo hasta la última brizna fue rescatado y salvado. Y lo hicimos en cuestión de horas, al ritmo de la Marea Definitiva. Y nosotros mismos nos maravillamos cuando vimos nuestras escasas pero valiosas pertenencias a resguardo detrás del Promontorio. Era algo prodigioso. Incluso logramos salvar al bueno de Bor Tam Bor, que debido a la escasez de alimentos había engordado contradictoriamente hasta los doscientos y pico kilos, y había decidido perecer bajo las aguas junto a su tambor japonés de cuatro metros de diámetro, con los bordes cuajados de abalorios metálicos, y además la colección de baquetas, porras y mazas... ¡Cómo pesaba! Catorce fuimos necesarios para sacarlos de allí a él y a su taiko en parihuelas y subirlos al carro del burdégano Aristos, que se negó a tirar él solo de aquella mole, y al final hubo que poner en lo alto del acantilado una polea y subirlos entre todos.  Bor Tam Bor y su enorme tambor. Fue peligroso y divertido.

 Aquella Mujer, sin embargo, no volvió a aparecer, no volví a verla jamás, se desvaneció después de rescatar su vestuario, como si su existencia no fuera real, sólo un símbolo. O un toque de buena suerte. Igual que Aquel Muchacho.

 

¿Qué fue también de Aquel Muchacho que, más o menos un año después y también con el invierno a las puertas, salió de pronto corriendo de entre la chatarra y lanzó una piedra al espejo de la bahía  y dijo:  Sólo hay diez metros de agua hasta el tejado de mi casa. No sabíamos quién era, ni qué diantre consideraba su casa siendo todas colectivas, grupales, abigarradas de gente... ¡Diez metros bajo el agua! Una verdad sin grandeza. Una simple y casual medida. Y además aproximada, a ojo. Sin embargo sus palabras provocaron un silencio inesperado, se quedaron en el aire un instante, como flotando, a la espera, y los que estábamos escuchando prolongamos ese silencio con un pensamiento muy recurrente: diez metros es una profundidad razonable, diez metros tampoco es tanto, y además, si SÓLO son diez metros, la distancia se acorta. A veces hay que ser impreciso para acertar de lleno, y Aquel Muchacho tuvo la cualidad de elaborar para nosotros una certeza: Alagua estaba al alcance de la mano, se había inundado pero la teníamos justo debajo, no se había marchado a ninguna parte. Recuerdo perfectamente cómo brillaron las sonrisas aquel atardecer de otoño, cómo nos miramos de pronto ilusionados, sobrecogidos, y pelados de frío, y cómo al día siguiente todas las conversaciones y todo el mundo giraba alrededor de aquella medida singular: diez metros. Diez metros que se volvían centímetros porque existía una solución, por descabellada que fuera; porque una vez establecidos los límites, era posible o imposible pero no inabordable. Desde luego algo mejor que la incertidumbre. La comunidad dispersa por fin se reagrupaba y estaba dispuesta a sufrir de nuevo las inclemencias del futuro. De este modo nació la nueva Alagua. Así ascendió y fue reflotada. Como consecuencia de una voz humana que afirmaba y a la vez dejaba en el aire. Lo que sucedió se puede narrar de cien maneras diferentes pero lo inamovible es la voz del muchacho proclamando: Sólo hay diez metros de agua hasta el tejado de mi casa. Todavía ahora puedo oír con nitidez su voz. Cierro los ojos y veo su cuerpo desgarbado y elástico corriendo hacia el borde del agua y lanzando la piedra. Pero nunca veo su cara, sólo el pelo largo que la tapa. Pelo negro y rizado.

Sin embargo, a pesar de la importancia de su gesto y de sus palabras, Aquel Muchacho desapareció sin revelar su identidad, como si el simple anonimato fuera su origen y destino. Hace dos o tres días, le preguntaba a Rito Escama, mientras degustaba su sopa de cangrejo, si sabía algo de él, o si al menos lo recordaba, y me sorprendió cuando dijo que él creía que lo de la piedra y los diez metros había sido idea mía. Lo negué al instante, y le conté lo que acabo de contar, y Rito me dijo que sí, que se acordaba de mí lanzando la piedra y diciendo aquellas palabras.

—En esa época tú tenías el pelo largo y rizado, Yoser.

—No fastidies, Rito, que me desmontas el capítulo. Nadie es capaz de alucinar tanto...

—Tú, sí. Tu visión lírica de la realidad te desborda...

—No me digas eso, que estoy muy deprimido. Aquel Muchacho existió...

—Y por qué voy a creerte, si llevas dos semanas diciendo disparates.

—¿Cómo qué...? No pretenderás que Aquella Mujer también soy yo...

—¿Lo eres?

Rito Escama me señaló el plato, para que siguiera comiendo. No soporta que la gente se distraiga cuando ha depositado tanto cariño en una sopa, de modo que tuve que acabar hasta la última cucharada para seguir la conversación.

—Insisto —dije al terminar—. Aquella Mujer y Aquel Muchacho existieron.

—Te creo, por supuesto, pero si estás tan seguro por qué insistes...

—Para que quede claro que no estoy tan viejo.

—Estás tan viejo...

—Ten amigos para esto... Entonces, ¿los recuerdas o no los recuerdas?

—Claro que no. Nadie recuerda ese tipo de cosas, sólo alguien como tú. Por eso escribes unas memorias.

—Pero algo recordarás de esa época, ¿no?

—Sí, recuerdo algunos sonidos, sensaciones, un par de imágenes sueltas. Por ejemplo a Bor Tam Bor dando alaridos cuando lo subíamos por la cuesta del acantilado, y cómo nos suplicaba a porrazos de tambor que lo alejáramos del borde... Recuerdo nuestras carcajadas y la fabulosa canción de agradecimiento que nos cantó aquella noche...

—¿La recuerdas?

—Hombre, la canción la recuerdo, pero no podría repetirla... Tampoco tenía una letra coherente, sólo sé que sonaba parecido a la gran Fátima Miranda...

—Como una ballena azul, varada en el corazón.

—Eres un poeta, Yoser... De la época de la inundación no recuerdo mucho más. Pero sí de los meses anteriores al principio de Alagua, justo cuando tú dices que Aquel Muchacho tiró aquella piedra. Lo que veo es la imagen de un grupo numeroso de personas regresando de una expedición de pesca. Estás tú, y Tuna Raspa, y Jota Sargo, y vamos encima de grandes planchas de plástico amarillo, con las piernas dentro del agua, remando con las manos... Vamos cantando algo muy... ¿narrativo? Quiero decir que vamos cantando lo que vemos: Alagua bajo nuestros pies, allá en el fondo, perdida para siempre, y cada uno canta una estrofa y señala hacia abajo y cuenta algo de ese lugar que reconoce: la escuela, la Herida Abierta... ya sabes. Una sensación desalentadora, entre la perplejidad y la alucinación... Lo recuerdo con pena y a la vez con alegría porque la cesta del pescado estaba llena.

Rito Escama siempre ha sido cocinero, desde niño. Está convencido de que el segundo cerebro, el estómago, es el más importante. Mi memoria derrapa hacia el lirismo, la exageración y la manipulación casi fraudulenta de los recuerdos, del mismo modo que la suya no funciona si no hay referentes culinarios. Se acuerda del pescado pero no del pescador.

—De todas formas —dijo Rito antes de marcharse con el cuenco de sopa, y hacerme jurar que era la mejor que yo había probado en la vida, cada viejo tiene sus manías...— de todas formas, te digo, lo que yo siento y pienso de esa época lo expresa a la perfección aquel poema de Kavafis que tanto te gustaba... Cuando de pronto a medianoche escuches...

—¿El dios abandona a Antonio?

—Sí. Cambias Alejandría por Alagua y ya lo tienes.

—Es una buena sugerencia.

 —Tampoco olvides, puestos a sugerir, que en esta historia que estás contando tuvo mucho que ver la Suerte.  Alagua está muy vinculada a la suerte, desde el principio.

Rito tiene razón. Le agradecí su visita, y el plato de sopa más fabulosa que he probado en mi vida, Rito, te lo juro. Y siguiendo su sabio consejo, y los cambios sugeridos, reproduzco aquí el poema:

 

                        La suerte abandona a Yoser Pez

                      Cuando de pronto a medianoche escuches

pasar el invisible tropel

—con admirables músicas y voces—

no lamentes tu suerte, tus obras

que fracasaron, las ilusiones

de una vida que llorarías en vano.

 

                                    Como dispuesto desde hace tiempo, como valiente

                                    despídete de Alagua que se aleja.

No te engañes, nunca digas

que fue un sueño, que tus oídos te confunden.

En tan vanas esperanzas no caigas

 

                        Como dispuesto desde hace tiempo, como valiente

como quien fue digno de tal ciudad

acércate a la ventana

y escucha con emoción

no con las quejas y súplicas de los cobardes

la música exquisita de ese tropel divino

goza por última vez sus sones

y despídete, despídete de Alagua que se aleja.

 

He leído y releído el poema y coincido con Rito Escama. Un poema escrito muchos siglos atrás, en la era de los Anteriores, tiene la capacidad de describir con minuciosa precisión lo que sentíamos nosotros en aquel momento clave de nuestra historia. Por algo es un poema inmortal... somos humanos.

Llegados a este punto, y aunque acabo de verificar que ya no tengo fiebre, debo admitir mis dudas sobre la existencia de Aquella Mujer y Aquel Muchacho. Ya sé que Rito Escama me estaba vacilando para ver si estaba en mis cabales, pero eso no quita para que un resquicio de duda no abra una grieta preocupante. De un tiempo a esta parte mi mente y yo discrepamos con demasiada frecuencia, y no sabría yo decir cual de los dos es más cabezota. En este caso concreto lo dejaremos en empate, a fin de cuentas su existencia física no añadiría demasiado a los personajes ni mejoraría la existencia espiritual que yo les he dado. No dejaron huella real, la realidad tampoco puede rebatirme... Ya digo, preocupante.

De todas formas, me parece más interesante la otra sugerencia de Rito Escama. La estrecha relación que siempre ha existido entre Alagua y la Suerte. La Gran Suerte. Porque tiene que ser algo más que casualidad que los peces, el marisco, los pulpos azules, las gaviotas, los humanos... se reúnan en una bahía y queden atrapados en ella, para vivir y morir, o sea, sobrevivir. Durante más de cien años. Y tampoco tiene que ser casual que nosotros, gracias a la música, lográramos sobreponernos a la tragedia del gran Derrumbe y en medio de la basura y los gases tóxicos evolucionáramos hacia una sociedad más sencilla y armónica. Y, por supuesto, fue una suerte que en el momento más crítico llegaran hasta nosotros La Remi, el maestro Dosi y Serena Fala. Ellos nos trajeron máscaras de gas, esperanza y futuro. Sin las enseñanzas que nos dejaron no hubiéramos salido adelante después de la desaparición de Alagua. Alagua, la vieja. 

 Es un hecho que existen algunos mundos como éste que, por su mayor fragilidad, atraen al azar para que se manifieste con exageración, para que haga una exhibición de poder. Pero la buena suerte es limitada, no la hay para todos, en caso contrario la injusticia de la vida no tendría con quién cebarse, y los que han recibido de entrada una  buena suerte deben apreciarla como un tesoro que quizá les ha de durar para siempre. Ésa es la única suerte que tendrán, haya sido grande o pequeña, lo cual no significa que a partir de entonces vayan a tener lo contrario, mala suerte, sencillamente tendrán ausencia de suerte, ni buena ni mala, más bien neutra, que ya es mucho, y a partir de entonces deberán conformarse con su solo esfuerzo y no contar ni esperar ni mucho menos fiarlo todo a un golpe de buena suerte. 

Después de ser engullida por las aguas, Alagua había dejado de ser un lugar privilegiado. Nosotros éramos todo lo que quedaba de ella, y ella esperaba de nosotros que la sacáramos a flote para renovarse. De nosotros dependía si los sueños que se nos habían concedido serían materializados o despreciados por la desidia, por echarle la culpa a las circunstancias, o por no aceptar que nuestras alas cercenadas eran ahora una doble joroba. En fin, como diría Cormac McCarthy: Todas las cosas bellas y armónicas que uno conserva en su corazón tienen  una procedencia común en el dolor. El hecho de nacer en la aflicción y la ceniza.

 

Antes de terminar debo decir que Aleta Lapiedra ha venido a visitarme después de la escuela y me ha dicho que Alagua, la actual, está situada sobre un bloque de 25.000 metros cúbicos, y que Ésa es la cantidad de chatarra sólida que utilizamos para fijar sus cimientos. Como si yo no lo supiera. En el próximo capítulo hablaré de semejante dolor de riñones. Espero.

 

(continuará) 

 

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