14.-El año Savoy

 

Ya estamos incendiados

las palabras nos han dado fuego

y nos consumimos en este preciso instante

cuando la idea Quiere.

       Demoliciones. Año 113 d.d.D.

En aquella época soñaba a menudo que caminaba perdido por un desfiladero cada vez más estrecho y desde lo alto del cortado y entre las rocas las palabras me acechaban, medio escondidas, en completo silencio, pero no podía concretar de qué palabras se trataba, sólo que eran palabras cuyo significado tenía en la punta de la lengua. Lo llamaba la pesadilla del Muro sordo, y coincidía siempre con la llegada del alba. Recuerdo que me despertaba con una rabia amarga en la boca y en los breves instantes que tardaba mi pensamiento en ordenarse buscando coherencia yo me resistía con ferocidad a su lógica implacable, gritaba en mi interior escalas musicales aceleradas, estribillos pegadizos, fragmentos sonoros que intentaban marcar la pauta de ese día, la melodía, el soniquete que debía acompañarme durante toda la jornada. Necesitaba música desesperadamente, y me bastaba con media docena de notas mal engarzadas, una copla ancestral, un acorde, poder silbar algo, lo que fuera. Eran malos tiempos, y quería evitar a toda costa que el pensamiento lanzara los dados. Estaba agobiado, me encontraba muy solo en mi cabeza. Y además rodeado de palabras dando aullidos. Cada una diciendo lo suyo. Exigiendo y arrastrando conceptos. Estaba harto de pensar, quería Sonar.

 

Año 113 después del Derrumbe.

El año Savoy.

Alagua está desapareciendo. Y mientras tanto, yo silbo.

Es otoño, casi invierno. Amanece. Estoy en el barrio de los Acantilados, sentado al borde del camastro que tengo en el ático de la Herida abierta, tarareando, como sonámbulo. Huele a moho y a cieno. Me mojo los labios con la lengua, sin prisa, demorándome para reconocerlos, y a la vez reconocerme y hacerme cargo de mí mismo; luego estiro al máximo la boca y vuelvo a mojar los labios con detenimiento. Silbo. Silbo con lentitud un poquito de viento suave, con tono ligero, y aprovecho el impulso para ponerme en pie. Me cuesta sostenerme, las cosas no se paran quietas. Me tambaleo y me dejo caer en el camastro. Golpeo con la espalda contra la pared y desde allí miro fijamente al tragaluz. Me deslumbra, creo que se acerca una figura retórica. Mi mente me dice que mis ojos y el amanecer coinciden, y sin embargo yo me digo que no pienso nada, nada de nada, y vuelvo a silbar. Silbo hasta quedarme sin aliento. Respiro, me incorporo otra vez, hago un esfuerzo y me mantengo firme. Espero unos segundos hasta asumir la verticalidad. Luego camino titubeando hasta la puerta y la abro de par en par. Me sujeto al marco, y silbo. No hay respuesta. No se oye nada. Sólo mi silbido buscando gente: Pi Pípi Pipíí. (¡Hay alguien ahí!)

 Es obvio que aquí ya no queda nadie. Sería prudente marcharse de una vez. Comienzo a recoger. Con desgana. Nunca pensé que sería el último habitante de este cuartucho minúsculo, un lugar provisional y transitorio en el que he vivido demasiado tiempo, y sin embargo apenas tengo pertenencias que lo atestigüen. No creo que nunca componga o escriba con tanta intensidad como lo hice entre estas cuatro paredes, pero todo lo escrito fue borrado y la música olvidada, en arrebatos o en resacas de ansiedad creativa. Por lo tanto no hay partituras ni textos, sólo queda la memoria del esfuerzo… Cargo sobre el hombro la bolsa con mis escasas pertenencias y miro hacia atrás, despidiéndome. No siento nada, y silbo. Cierro la puerta imitando con mi silbido el sonido que hace la puerta al cerrarse. Bajo las escaleras con un pisar prudente, sujetándome a la barandilla. En el bajo, hay un palmo de agua. Silbo un palmo de agua. Luego cruzo chapoteando frente a la barra desierta, abro de par en par las dos chapas arrugadas que sirven de puerta, silbo, dejo abierto, y salgo a la calle.

La visión es lamentable, pero no tengo día de lamentos. Silbo despreocupado, y camino sin prisa entre edificios ruinosos. Este barrio desvencijado pronto se vendrá abajo, no fue construido para el envite de las olas, su arquitecto fue la improvisación. Yo mismo lo estoy abandonando, y soy de los últimos. Me duele pensar que la mejor música de Alagua la hicimos aquí un puñado de noctámbulos amantes del alambique. Todavía queda, supongo, al fondo del callejón, un tipo decadente aferrado a una caja de licor esperando que le venga la inspiración justo cuando se le caiga el techo encima. Anteanoche, sin ir más lejos, ese desconocido tocaba con un saxo corrugado el Stan Getz más triste que he oído en mi vida. Música con el agua al cuello. Como mi modo histérico de silbar. Yo silbo porque tengo más miedo del que me cabe dentro, y necesito liberarlo a cada instante, sin tregua. Pero. Llevo ya tanto tiempo silbando que tengo llagas en los labios. Silbar también sangra.

Ahora mismo voy camino de la Escuela. Mis botas de goma se hunden hasta el borde de la caña, pronto tendré que conseguir unas botas más altas o añadirles a éstas un suplemento. No hay problema. Silbo, y puede que mi silbido no sea tan perfecto como el del mítico Kurt Savoy, que era capaz de silbar hasta seis tonos, pero es mío y me aferro a él. Miro al cielo encapotado e intento componer una canción partiendo de un acorde que ha sonado de pronto en mi cabeza, y que me recuerda el chapoteo de unas botas... cuatro notas simples, que suenan tiernas y deslizantes. El sonido precisamente de lo que estoy haciendo en estos momentos: caminar como un niño eterno sobre un charco gigante.

Alagua inundada.

Alagua silenciosa y agonizante.

A la salida del barrio de los Acantilados, saludo a una anciana que achica agua de su casa, inútilmente, porque ya ha invadido la planta baja y no va a retroceder. Ella mueve la cabeza hacia los lados, resignada, yo silbo y asiento.

Con los primeros rayos de sol llego a la escuela. El flotador de la entrada indica que con la marea alta nos hundiremos un centímetro más. Es demasiado, y esto cada vez va más rápido. En realidad no deberíamos estar aquí, pero si nosotros cerramos  lo poco que queda del pueblo abandonará definitivamente sus casas y se trasladará a lo alto del acantilado. Al final tendrán que hacerlo a la fuerza, nuestra resistencia es simbólica y sólo proporciona tiempo, tiempo para un traslado escalonado. Seremos los últimos en desesperar, pero eso sucederá pronto ya que estamos en primera línea de playa.

En la entrada de la escuela acaricio las orejas de la mula Caramelo, que está enganchada al carro vacío, y le silbo una tonada suave al oído. Menea las orejas con ritmo, parece que le gusta. Luego camino sobre los bloques de chatarra prensada que conducen al primer piso de la escuela. El agua ya ha anegado casi por completo la planta baja. El muro imponente que rodea el edificio y que levantamos dos años antes Alta Mar y yo, con la ayuda de Palo y el burdégano Aristos, reposa ahora bajo las aguas. Sólo queda a la vista la cumbre de losas, que hace de malecón, y el arco central que sirve de improvisado embarcadero. Desde la ventana de la biblioteca veo a lo lejos la balsa de los chicos de las Marismas avanzando con lentitud hacia aquí. Sería más seguro que vinieran andando por tierra firme, pero ellos adoran el agua y nadan mejor que los peces; si hay problemas prefieren que la balsa sea su circunstancia... Nadie se hunde más que las Marismas, su gente vive luchando día tras día con el lodo, haciendo presas y represas, y aun así enviarán a sus niños a la escuela hasta el final. Abro la ventana, pego un silbido largo, y algunas manos desde la balsa me saludan. Parecen héroes pequeñitos.

El silbido largo ha alertado al maestro Dosi de mi presencia, y asoma por la puerta de la biblioteca con la misma cara de malas pulgas que gasta últimamente. En alguna parte suena, casi con deliberación, el Peer Gynt de Grieg. Mala señal. Silbo, entre dientes, bajito. En realidad repito con silbidos la música que llega a mis oídos, como un muñeco silbador, con la mente en blanco. Es un logro este vacío…

—¿No estás cansado de tanto silbar, Yoser?

—Silbar me consuela. Supongo…

—Será mejor que asumas esta catástrofe cuanto antes. La mala suerte también existe. ¿Me ayudas a empacar?

—¿No abrimos la escuela?

—Es un buen día para marchar, no creo que llueva…

—Lloverá mañana, el camino es largo.

—Lo siento, Yoser, la escuela queda a tu cargo. Tú decides.

Me encojo de hombros. Asiento con la cabeza, y con los hombros, y con todo el cuerpo. En vez de decidir, miró para otro lado y silbo. El maestro Dosi sonríe, con gastada complicidad. Salimos de la biblioteca y le  ayudo a guardar sus cuatro objetos personales en un baúl de plástico medio vacío. Cargamos con él, pesa muy poco. Creo que quería que le ayudase para que viera que no se lleva nada. Nos lo deja todo: los libros, los aparatos, las grabaciones, los instrumentos que construyó para la escuela... Intenta chantajearme con esas cosas, y con el taco de copias del Preludio del promontorio que también se lleva, y me lo hace notar agitándolo sin disimulo, pero ya hemos comentado que no me considero capacitado para llevar yo solo la escuela. Tampoco tiene sentido. Salimos al exterior, y subimos el baúl al carromato. El maestro Dosi lo sujeta a la base del asiento con una cuerda y, cuando está terminando de atarlo, llegan a la entrada de la escuela los chicos de las Marismas.

La escena no deja lugar a dudas y después de alguna rabieta: varios niños pequeños intentan patearle las espinillas al maestro Dosi al saber que se marcha, se forma un estrecho corro a su alrededor y comienza un agasajo de abrazos. El maestro Dosi los conoce a cada uno por su nombre y por su instrumento personal, y les habla casi al oído. Se forma una cola expectante, reverencial. Ninguno olvidará jamás sus palabras, sus sencillos consejos, o al menos en estos momentos ponen cara de que será así. Cara importante. Cuando sube al pescante del carromato alguno llora, y algunos más se contagian viendo que yo tiro de las riendas de Caramelo. Nos movemos.

—¿Y la escuela? —me preguntan los mayores.

Cierro los labios en redondo, y silbo un silencio. Silencio que sólo puede oír Caramelo. La mula se detiene. El maestro Dosi se gira en su asiento, cesan las protestas y él se limita a barrer el paisaje desolado con la mano abierta:

 —Ahora todo esto es la escuela.

Aparecen muchos ojos asustados. La mayoría ya se ven de nuevo en las Marismas, peleando con el barro.

 —Necesitamos cajas —les digo para tranquilizarlos—. Las podéis apilar en la biblioteca, y cuando yo vuelva lo guardamos todo.

La iniciativa les convence y se ponen en marcha. Un grupo numeroso se sube a la carreta con la disculpa de que van a buscar cajas cerca del Abrevadero, un lugar lógico donde buscarlas, aunque lejano. Poco a poco, según dejamos atrás la escuela y llegamos a tierra seca, se van bajando y se despiden por enésima vez. Al quedarnos solos, el maestro Dosi se pone serio conmigo:

—Hace tiempo que vives todo esto como una derrota, Yoser, y no lo es.

—¿Ah, no? Hace apenas diez años, Alagua era una comunidad que moría cantando bajo los gases de invernadero. Llegaron unos cómicos para traernos la palabra, progresamos, sobrevivimos, y ahora viene el mar y nos lo quita todo.

—Todo no, y menos a ti. Nadie te puede quitar lo que ya sabes.

—¿Y el hueco que ha cubierto esa sabiduría? ¿Cómo se recupera?

—¿Pretendes recuperar tu ignorancia?

—No… O tal vez sí… Echo de menos el consuelo que me proporcionaba.

—Entonces es tu incapacidad, y tu miedo al futuro, lo que te detiene. No le eches la culpa a la cultura.

—La cultura nos trajo esperanza, gracias a ella creamos Alagua. Llegamos a pensar que éramos algo. Y está claro que no somos nada.

—Eso depende de vosotros… En la vida ser algo o nada depende de cada cual.

—Es fácil decirlo cuando se abandona el barco…

Mi salida de tono ofende al maestro Dosi, que abandona de un salto el pescante y baja y coge las riendas de Caramelo, quedando a mi lado, cerca, pero con la cara oculta por la de la mula. Caminamos en completo silencio y sin mirarnos hasta llegar al Abrevadero. Entonces, sin pensarlo, me pongo a silbar una tonada de despedida.

—Al final vas a conseguir sacarme de quicio —me advierte el maestro Dosi, y al instante dejo de silbar. Todavía queda entre nosotros algo de aquel antiguo enfrentamiento, en este mismo lugar, cuando me robó el Preludio del promontorio, pero eso ya es historia, o eso al menos creía yo:

—Escucha, Yoser —me dice, cogiéndome de los hombros—. Sé que eres restaurador y que eso duele, para ti no hay otro futuro que Alagua, pero tienes el privilegio, el don de crear música, y eso es un regalo inapreciable en tus circunstancias.  Aprovéchalo. Confía en tu música.

Abro bien los ojos, y en mi interior silbo: Con-Fía En Tu Mú-sica. Pero el sonido es tan débil y poco creíble que no sale al exterior. Guardo silencio. Lo cual también es un alivio.

Durante un buen rato escuchamos la ausencia de ruido que proviene de Alagua, hasta hace pocos meses tan cantarina, tan ajetreada y dicharachera, de día y de noche. Se oyen las olas del mar con mayor nitidez que nunca, como si estuviera muy cerca, llamando, reclamando, exigiendo devorar toda la bahía. Me gustaría acallarlo silbando, pero me contengo. Espero en silencio con al maestro Dosi. Al parecer ha quedado con alguien para hacer juntos el camino, y ese alguien no acaba de llegar. Hasta el último momento el maestro me martiriza con sus consejos y sus diatribas, como ha hecho siempre:

 —Ten en cuenta siempre el valor de lo que ya has conseguido, Yoser. Pero no dejes que eso te frene. Fue un poco casualidad, y fortuna, que compusieras el Preludio. Es una pieza muy valiosa que ni tú mismo sabes valorar en su justa medida. Cuando la compusiste, estabas en el punto justo para hacer algo verdadero. Limpio. Nunca gozarás de tanta libertad como tuviste entonces… Cuando leí por primera vez tu partitura, me impresionó la sensación musical que envolvía el conjunto, eran como apuntes del natural que arrojados sobre una mesa componen por azar una copia vívida de un mundo completo. De Alagua. En realidad el Preludio es Alagua, Alagua en sonido.

—Pero el Alagua de entonces —replico.

—¿Quieres decir el original?

—Sí.

—Antes de que llegáramos nosotros.

—Sí.

—¿Te sientes defraudado?

—Mucho. Ya me sentí así cuando se marcharon La Remi y Serena Fala.

—¿Qué otra cosa podían hacer? El ambiente era muy negativo hacia la escuela. Para la mayoría fue fácil juzgarnos y culparnos de algo que nadie podía prever. El mar es el mar.

El mar es el mar, repite el maestro Dosi, y se encoge de hombros. Yo veo en él un emisario que vino a cumplir una misión que la naturaleza hizo fracasar. Su marcha es para mí mucho más que una renuncia.

—Y entonces qué hacemos, maestro, ¿nos volvemos de nuevo primitivos? Todo se ha perdido, la mitad de la población se ha marchado.

—Pero queda la otra mitad, Yoser. Y estáis mil veces más preparados que hace diez años, saldréis adelante. Si es preciso en el borde de los acantilados o colgados de ellos.

—Qué remedio, no hay otra opción.

—Entonces.

Los acompañantes del maestro Dosi llegan al Abrevadero cargados de bultos y  haciendo aspavientos para disculparse por la tardanza. Son tres niños, dos muchachos y cuatro adultos. Unos de ellos arrastra un órgano de tuberías que abulta el doble que él. Pesa poco, pero ocupa mucho espacio en el carromato, y como es de construcción sencilla el maestro Dosi intenta convencerle de que lo deje aquí y se fabrique otro igual cuando lleguen al vertedero Rodríguez. Lo único que consigue es que el hombre se suba al carromato, se abrace a su instrumento personal y mire hacia la nada como diciendo que se le hace tarde.

Nos despedimos. El maestro Dosi me da sus últimos consejos:

—Deja de silbar, es irritante, además no lo haces ni la mitad de bien de lo que tú te crees. En serio, déjalo. Y recupera tu pensamiento. Guarda registro de él, tanto como de tu música. Y estrena el Preludio en un edificio destinado a ese fin. Ese lugar será el germen de Alagua, de la nueva Alagua, la que vosotros construiréis.

—Gracias, maestro Dosi.

—A ti, ha sido un privilegio. Espero que nos veamos el día del estreno del Preludio.

—Largo lo fiáis.

—No tanto, confío en ti, Yoser Pez.

—Algún día tendremos un árbol.

—Algún día.

El maestro Dosi se sube al carromato, echa un vistazo para ver si todos están acomodados, chasquea la lengua y Caramelo se pone en marcha. Subido a la valla del Abrevadero los veo alejarse y antes de que lo hagan del todo me alejo en la dirección contraria. De camino, me asalta un pensamiento e intento alejarlo silbando. No puedo. Mis labios se niegan incluso a adoptar la postura adecuada. Sonrío.

 

 

 

Pero el año Savoy no comenzó ese día, de hecho fue entonces cuando terminó. Dejé de silbar y al hacerlo estaba dando fe de la culminación de un desastre. Cuando poco después los chicos de las Marismas y yo vaciamos la escuela, Alagua pasó oficialmente a la historia. Habían bastado ocho meses para hacerla desaparecer. Ahora sólo quedaba esperar los días amargos de decadencia y abandono.

Sin embargo, ocho meses antes, durante el invierno más crudo que recuerdo, las cosas no podían ir mejor en Alagua. El frío terrible y la ventisca habían agrupado a la gente como hacía años y lejos de propiciar conflictos estaba poniendo en marcha algunos proyectos importantes. Éramos una comunidad complicada pero consciente de la fuerza que nos otorgaba estar unidos. Además la abundancia de provisiones almacenadas, la buena charla, la música disipada propiciaban el optimismo. Daba la impresión de que estuviéramos esperando ilusionados la llegada de la primavera para florecer con ella. Sin embargo de la noche a la mañana el frío disminuyó y vino la nieve.

La nieve no era habitual en la costa. Los más pequeños no la conocían. Yo mismo sólo la recordaba vagamente, de la infancia nebulosa. Y era hermosa, caramba, y blanca y limpia, no había motivo para desconfiar. Los copos caían con una suavidad elegante, como pidiendo permiso, y al agruparse formaban una colchoneta que incitaba al juego. Fue imposible contener a los niños. Sus gritos exaltados nos arrancaron del letargo invernal y durante días no hubo otra cosa que bolas festivas cruzando el aire, muñecos de nieve habitando la playa, placentera sensación de infancia recuperada. Pero lo mucho es malo, aunque sea bueno, y más si no estás preparado para ello. O sea, la nieve pesa y además ocupa espacio. Después de catorce días nevando al principio a rachas y luego sin cesar, como estábamos metidos en un hoyo, alcanzó más de un metro de altura y la mitad de los tejados de Alagua se hundieron. Nos agrupamos, apuntalamos los que quedaban y comenzamos a tratar aquel asunto como algo grave. Y eso que el problema sólo acababa de empezar. La nieve dejó de caer, pero se congeló, y el traslado de provisiones de las casas sin techo a las techadas estuvo lleno de incidentes y bastantes heridos, aunque leves. Ahora el hacinamiento nos estaba desquiciando los nervios y en vez de buscar soluciones discutíamos todo el rato. Para terminar de rematarlo, el rigor del invierno pasó y la nieve comenzó a derretirse. Nos alegramos y pensamos que todo aquel agua se iría con la marea, pero al llegar la primavera y desaparecer por completo la nieve comprobamos que la marea llegaba más alto que nunca. Habíamos perdido la mitad de la playa. Al verlo, recuerdo, comencé a silbar.

También silbé cuando días más tarde comprobamos que el frío y el hielo habían resquebrajado el Horizonte oxidado. No era una vía de agua sino la grieta más enorme  que quepa imaginar. Cada marea alta Alagua se hundiría un poco más hasta que un día no muy lejano  igualase su nivel con el del mar, es decir, a quince metros por encima de las aspas del molino que generaba electricidad. Era una locura. Habría que trasladarlo todo. No me extraña que silbase porque aquello era para gritar y no parar.  Mi amiga Tuna Raspa hizo los cálculos, junto con un grupo de optimistas, y en el mejor de los casos en medio año aquel sitio sería inhabitable.

Alagua siempre había sido un lugar muy duro que con un poco más de dureza te quebraba, de modo que sobrevivir era exactamente madurar, o sea, ablandarse, disfrutar de un tiempo menos hiriente y agresivo. Esta catástrofe nos cogió muy bien acomodados y la mayoría no supo responder con acierto, menos aún con justicia. Muchos regresaron de golpe al pasado, yo mismo silbaba para no aceptar el futuro, y se culpó de todo a los creadores de esperanza por haberla creado. Se hablaba de logocracia, de que estábamos dominados por la escuela, y se oían de nuevo los viejos lamentos: las palabras nos hicieron daño. La Remi y Serena Fala se marcharon con el primer contingente de personas que no estaban dispuestas a comenzar de nuevo, no allí, lo harían en otra parte. Fue una despedida cruel e ingrata. Propia de miserables.

 

En fin, debo concluir este capítulo, ya veo a Tuna Raspa renqueando por el malecón hacia aquí. Es la tercera vez que viene y me quitará lo que tenga escrito lo haya corregido o no. Tiene la teoría de que sin fecha de entrega dejaría de escribir mis memorias. Puede que tenga razón.

Pienso ahora que estos hechos tan extremos que he relatado demuestran que el azar afortunadamente existe, de lo contrario todo sería previsto y perderíamos entre otras cosas el libre albedrío. El viejo Alagua desapareció y surgió uno nuevo en su lugar, es evidente, yo vivo en él. Creo que es una suerte que el mundo se mueva y transforme porque de lo contrario correríamos el peligro de quedarnos quietos y las telarañas del tiempo se asentarían sobre las cosas y sobre nuestra conciencia… A veces siento la tentación de sacar conclusiones, quizá, seguro, porque soy viejo y mi vida concluye, pero sacar conclusiones también es triste, como intentar comprender la lluvia desde debajo de un paraguas. Sólo el otoño tiene el privilegio de sacar conclusiones, y su evidencia no deja lugar a dudas. Somos fractales y perfectamente sustituibles con una simple ráfaga de viento. Yo no soy tan guapo, mi cara ya la tuvo alguien antes y otro la tendrá, tal vez mejorada, cuando yo me haya ido. Sólo el amor resplandece y desafía. La lógica presume en exceso de sus logros. Por eso mi memoria dispersa no puede atrapar los instantes aislados, el tiempo que he vivido juega ahora en mi cabeza de anciano a buscar sutiles conexiones que expliquen lo sucedido, pero no siguiendo una estricta linealidad, a veces un suceso del presente en vez de ser consecuencia de uno en el pasado parece suceder para dar verosimilitud a uno ya sucedido. No es el presente el que se dota de sentido por la causalidad, sino que la invierte y el presente da origen al pasado. Así la literatura...

Concluyo, que llaman a la puerta. En próximos capítulos contaré la reconstrucción, o mejor construcción de Alagua. Me despido con un poema de la inefable Lola Velasco, que tiene miga:

La incertidumbre

es un sonido

que no está entero.

                                                           (continuará)

 

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