13.-Un burdégano llamado Aristos

Nunca se convence a nadie de nada. Sólo se puede convencer a quien es alguien. A quien es nadie o nada, no hay forma de persuadirle de algo, pues lo único que opone, en vez de lo que tiene (nada), es resistencia.

 

El Sabio Ferlosio

            El burdégano llegó caminando solo, y entró en Alagua con paso cansino, igual que un viajero cualquiera. No tenía brida, ni huella de freno en la boca, ni marca alguna de haber servido como bestia de carga. Era extraño, contrahecho, parecía nervioso y asustadizo. Alta Mar y yo estábamos tomando la espuela en la barra exterior del Abrevadero,  lo vimos acercarse con prudencia a la pila y buscar un sitio tranquilo donde beber junto a los demás animales. Nos aproximamos lentamente a él, pero cuando nos acercamos se alejó trotando hasta el límite del cercado y desde allí nos observó con recelo. Sus ojos brillaban como asfalto caliente. Sus orejas intentaban mantenerse erectas pero las puntas se le doblaban un poco. Sus patas se movían constantemente, como si el suelo estuviera quemando y necesitase bailar para soportarlo: resultaba cómico y próximo a la vez. No era dócil, pero tampoco parecía sentirse muy orgulloso de ello. Miró hacia el camino de salida, valorando la posibilidad de marcharse, y luego nos miró a nosotros y dio tres o cuatro pasos hacia adelante. Necesitaba compañía. Alta Mar levantó su jarra de cerveza de pescado y le dio la bienvenida:

            —Dos-otros  Dos —estaba muy borracho, en esa época intentábamos dejar de beber, por motivos profesionales, más que nada porque andar moviendo piedras enormes teniendo resaca resulta agotador, y justamente ese día nos despedíamos del alcohol por última vez con una monumental borrachera—. Dos-otros dos, somos canteros de Alagua, y como tales te damos la bienvenida, criatura de cuatro paaatas.

            El animal olfateó el aire. Hubo algo que no le gustó y se puso de lado, evitando mirarnos de frente pero sin perdernos de vista. Yo no quería que se sintiera rodeado, así que me acerqué a Alta Mar y le pasé el brazo por los hombros:

            —Somos amigos —dije—. Entre nosotros, y ahora también tuyos, ¿hablas nuestro idioma, o al menos lo entiendes?

El burdégano dobló una oreja por la mitad. Entender, entendía, pero sus ojos desconfiaron.

—Por cierto —dijo Alta Mar—, nos vendría muy bien tu ayuda para tirar de la carreta de las piedras. A cambio, te daremos de comer.

            Alta Mar fue muy poco diplomático, o el modelo económico propuesto demasiado explícito, el caso es que el animal agachó la cabeza y comenzó a marcharse.

            —Con ese bicho no vais a conseguir nada —dijo el encargado del establo, saliendo de sus profundidades con una burra preñada que parecía al borde del agotamiento—. Es un cabeza dura. Más persona que animal, no se puede domesticar...

            —No queremos que se domestique —dijo Alta Mar—, sólo intentamos que nos eche una mano.

            —Entonces necesitáis un animal dormido. No uno tan despierto como ése.

            Justo al aparecer la burra, el burdégano se había dado la vuelta emocionado y ahora la estaba mirando con… precisión. La burra lo miraba a él, luego miró al suelo, le volvió a mirar, y luego miró de nuevo al suelo. El burdégano soltó un relincho, sin énfasis; después otro más fuerte. Entonces la burra se puso tiesa, se encaró con él y le respondió con un rebuzno corto, de protesta, y a continuación tiró con fuerza de las riendas del encargado del establo.

            —¿No lo veis? Ese bicho discute con todo el mundo, se enfada por todo... He conocido otros romos como él, y no hay manera. Hay algo que falla en sus cabezotas. Tienen una idea equivocada de la vida...

            —Es un animal —dije— ¿cómo va a tener una idea equivocada de la vida?

            —Eso mismo me pregunto yo. Pero la tiene...

            No es bueno despreciar la opinión de un experto, aquel hombre se encargaba de cruzar caballos con burras y la dificultad de la operación le hacía observar con gran atención los resultados. Según él, nadie en su sano juicio adoptaría a un burdégano tan retorcido.

 —Problemas. Sólo problemas.

Sin embargo, a un par de restauradores un bicho raro les resulta demasiado familiar, y atractivo, y dejamos al encargado del establo con sus razones en la boca para acercarnos al burdégano, ahora con más respeto. Si un animal se comporta como un humano no hay motivo alguno para no tratarlo como si lo fuera, de modo que nos detuvimos a dos pasos de distancia, para que pudiera valorarnos. Recuerdo que Alta Mar se tambaleaba, y yo intentaba no tambalearme demasiado, y supongo que la peste a cerveza de pescado que arrastrábamos hubiera alejado a cualquiera bien lejos, sin embargo el burdégano nos olisqueó unos instantes, entiesó las orejas, luego vi perfectamente cómo se iluminaban sus ojos y se acercó tanto y tan cerca de nosotros que de pronto parecíamos tres amigos contándose un secreto.

—Eh —dijo el burdégano, y a mí me sonó como: ¿Entonces qué…

            —Pues tampoco te vamos a engañar —le dijo Alta Mar, casi al oído, y de paso le ofreció su jarra de cerveza para que la probara, algo que el burdégano hizo con agrado—, el trabajo es muy duro, las piedras pesan bastante y nosotros sólo hacemos lo que podemos. Estamos aprendiendo…

            —A nosotros las piedras nos importan mucho, ¿entiendes? Si te apuntas… bien… y si no… que te vaya bonito, que tampoco tienes tú pinta de  apañártelas mal, ¿vale? —y añadí—Ahora, tú te lo piensas.

            El burdégano cabeceo. Se lo pensaría. Ahora mismo. Yo le acaricié el lomo, Alta Mar la cola y sin más nos dimos la vuelta y regresamos dando bandazos a la barra.

Poco después, salimos del Abrevadero y a nuestra espalda venía un trotecillo suave. En la primera curva peligrosa, Alta Mar le puso por nombre Aristos, el mejor. En la siguiente le dijimos su nombre, y él estuvo de acuerdo en utilizarlo levantando la cabeza con propiedad. Recuerdo también que al llegar a la playa, apurando el último trago de nuestras jarras, le cantamos a dúo aquella canción de bucaneros cuyo estribillo dice:

                                    Asomados a la tumba de arena         

estarán mis amigos,

tambaleando,

y cuando caiga el último sol

vaciarán sus petacas sobre mí.

            Y luego nos pusimos muy tristes. Más tristes que un vikingo imaginando que al día siguiente habría desaparecido del mundo toda la cerveza.

 

 

Esa noche, Aristos durmió cerca del tenderete que teníamos junto al muro de la escuela, que ya estaba casi terminado, sólo nos quedaba por hacer un arco de sillería sobre la entrada, lo más difícil. Alta Mar consideraba imprescindible que nuestro primer arco de medio punto fuera perfecto, habíamos localizado las piedras que necesitábamos pero eran demasiado grandes para llevarlas en parihuelas, y además estaban muy alejadas de la escuela, lo que precisamente había motivado que buscáramos ayuda animal en el Abrevadero. Pero resultó que al día siguiente Aristos no colaboraba. De entrada no quiso saber nada de cuerdas ni arreos ni arneses. Cualquier intento de sujetarlo con algo resultaba un desastre, y hacerlo a la fuerza inútil, ya que él era más bruto que nosotros y sabía defenderse; más de una vez vimos peligrar nuestra integridad bajo sus patas. Pero el caso es que tampoco se marchaba. Intentábamos sujetarlo, nos enfadábamos los tres, se alejaba un poco, regresaba y vuelta a empezar. Al final acudimos a los niños de la escuela, para que lo camelaran con sus juegos,  y parecía que la cosa estaba funcionando, Aristos jugaba animosamente con ellos, e incluso llegó a darle un par de buenas coces al balón de trapos, pero cuando el más intrépido comenzó a subírsele al lomo se lo sacudió de encima sin demasiadas contemplaciones, y en cuanto se vio rodeado de niños manoseándole se agobió y buscó un hueco y salió a todo galope hacia la playa y se perdió de vista, camino de las Marismas.

Pensamos que Aristos regresaría al olor de la comida, pero no lo hizo, por lo visto sabía encontrar alimento por su cuenta. Apareció a la caída de la tarde, cuando la mayoría de los niños ya se habían marchado y llevado bien lejos sus gritos. Estábamos encendiendo una hoguera junto al tenderete y algunos músicos se habían acercado a despedir la jornada con nosotros, y de paso a sacarle faltas al muro: que si es bajito, que si os ha quedado torcido por allí, que si el armazón para montar el arco es una birria… lo de todos los días en los últimos meses. La gente había traído pescado y antorchas de largo alcance, y la escuela nos dejaba un cable eléctrico para amplificar algunos instrumentos, pero sólo en caso necesario, que ya por entonces considerábamos la electricidad como un bien costoso que hay que dosificar. Mientras los demás preparábamos la velada, Aristos se quedó dando vueltas por allí, haciendo que pastaba arena en mitad de la playa, hasta que lo llamamos por su nombre y vino caminando con paso tímido. La voces de la gente le animaron las orejas y en cuanto empezó la música se acomodó junto al muro, sobre un montón de cascotes de piedra que lo mantenían medio sentado.

La fiesta comenzó a calentarse de inmediato porque había entre los músicos un grupo de chavales que tocaban la tabla y lo hacían francamente bien. Eran alumnos mayores de la escuela, ocho o nueve, y tenían un sonido propio, reconocible, aunque demasiado suave y desordenado para ser percusionistas. Quiero decir que no seguían un ritmo continuo, sino una especie de diálogo dicharachero entrecortado que comenzaba uno de ellos y que era seguido por otro y luego por los demás. Una charla musical aporreando las tablas, y con una única norma: la contención. Nada de hacer ruido. Eran inteligentes, finos. Tenían un solista muy creativo, un muchacho con una larga trenza teñida de rojo oscuro, y también dos conversadores o discutidores, que se enzarzaban en duelos sofisticados golpeando su tabla con todo tipo de baquetas: de madera, de metal, de plástico y de cuerda endurecida con pegamento. El chico de la trenza roja movía las manos tan rápido y tenía un juego de muñecas tan portentoso que sus cuatro baquetas de cuerda parecían mariposas y se posaban y rozaban la tabla con tanta suavidad y precisión que imitaba como nadie el viento en los acantilados. El grupo llevaba una semana acercándose a la obra y después de escucharlos durante varias sesiones se apreciaba que su chispa, su talento, no provenía sin embargo del solista, ni de los conversadores, la clave estaba en un muchacho un poco más joven que los demás, que tocaba detrás de todos, como escondido. Lo suyo era un tablón de la mitad de largura y el doble de grosor que el de sus compañeros, con un sonido más bien hueco que casi se perdía cuando tocaban todos, pero, si él se callaba, desaparecía la gracia del conjunto. Le llamaban Palo, aunque a primera vista el nombre no le encajaba en absoluto. Era flojo de carnes, como un gordo adelgazado, y en su cara mostraba una sonrisa permanente, limpia y noble.

Tocamos con muchas ganas y bastante inspiración hasta más allá de la medianoche, y luego hicimos un descanso para el recuento de estrellas. La hoguera estaba en ese punto en que las brasas comienzan a pedir más leña y su luz mengua en favor de la cúpula celeste. Alguien señaló un cuadrante y comenzó a decir los nombres, uno por uno, de la constelación de la Lira. No falló ninguno y recibió un aplauso del grupo. El que estaba junto a él escogió, como era preceptivo, una constelación del otro lado, y la mitad de nosotros giramos sobre nuestros culos y miramos hacia lo alto. En ese momento, Palo se levantó de su sitio y fue a mear junto al muro. Al regresar, pude ver cómo Aristos lo llamaba, piafando con sus patas contra los cascotes de piedra, con un sonido muy parecido al de la tabla del muchacho, pero muy bajito, tanto que sólo ellos dos, y yo que estaba atento, pudimos escucharlo. Palo no pudo resistirse y fue a sentarse al lado del burdégano. Cuando poco después me tocó el turno de mencionar estrellas, me pareció que ellos dos se estaban riendo de algo. Algo íntimo.

Fue una noche significativa que la memoria ha cargado de significado, como esas veces en que los elementos se conjugan de un modo en que no lo harán en muchas décadas. Recuerdo que el cansancio se me venía encima y estaba a punto de dormirme contemplando el cielo cuando los chicos de la tabla enchufaron en el cable de la escuela un ReacTable. Era algo novedoso, una réplica del instrumento anterior al Derrumbe, con un programa informático básico pero eficaz, que sin duda alguien habría logrado montar en el vertedero Rodríguez, y la mayorías nos espabilamos al escuchar los primeros acordes. Desde luego, no había un momento más propicio: el fuego era una bola granate que desprendía su cálida ternura sobre nuestros cuerpos somnolientos, había en el cielo millones de estrellas, muchas más de las que nunca podríamos contar, y la luz de la mesa del ReacTable iluminaba de tal modo la cara de los muchachos que parecían estar adivinando el futuro. Mientras ellos movían sus fichas transparentes y generaban y modulaban el sonido hasta hacerlo hipnótico, uno sentía en el pecho una insólita esperanza, como si de las entrañas del basurero que nos habían legado los Anteriores además de sus defectos pudiéramos recuperar sus virtudes. Daban ganas de creer en algo. Y cuando Aristos se acercó a los chicos, y se asomó a mirar aquella luz, precisamente por encima del hombro de Palo, yo supe con certeza que estaba viendo un auténtico milagro.

 

A primera hora del día siguiente, cuando comenzábamos a trabajar, el sonriente Palo se presentó en la obra. Se ofreció de buena voluntad a prestarnos ayuda con las piedras y le encargamos que nos fuera trayendo cascotes para afianzar la base donde irían apoyadas las dovelas del arco. Constaría de nueve piezas talladas, le dijimos, y también le comentamos las dificultades que teníamos para que Aristos nos ayudara. Palo sonrió, como si le estuviéramos hablando de algún amigo íntimo cuyos defectos conoce, y no tardó ni un minuto en encontrar la solución. Había por allí un par de viejos neumáticos que los niños usaban para jugar, Palo cogió uno, le ató una cuerda, fue donde Aristos y se lo puso al cuello. Aristos, claro, agachó la cabeza y dejó caer el neumático sobre la arena. Palo se rió, y repitió la operación unas diez veces, riendo cada vez más fuerte, hasta llegar a la carcajada. Luego volvió a colocarle el neumático al cuello y, sin esperar a que lo tirara, le dio la espalda y regresó con nosotros. Aristos se quedó un poco desconcertado ante la brusca interrupción del juego, y poco después apareció debajo del andamio con el neumático puesto. Miró a Palo, esperando la continuación, como diciendo que esa primera parte ya la había entendido. Entonces Palo hizo algo curioso. Fue al montón de cascotes, cargó hasta los bordes una cesta grande, le ató una cuerda, sujetó ésta al otro neumático, se lo puso de collar, y comenzó a tirar. Como pesaba mucho y no podía moverlo, Aristos fue a su lado y prácticamente le pidió que lo atara al cesto. Lo hizo y entre los dos lo arrastraron hasta el andamio. Una vez allí, ambos sacaron la cabeza del neumático.

—No le gusta estar atado —explicó Palo—, pero eso no significa que se niegue a colaborar. Sólo necesita saber que podrá librarse de la atadura en caso necesario. Tiene dos marcas muy feas en las patas traseras —las señaló con el dedo, parecían antiguas, casi imperceptibles bajo el pelaje, yo no me había fijado—, puede que de niño lo ataran a un carro que lo arrastró consigo en un accidente…

El modo de hablar de Palo me resultaba conocido, y mis sospechas de la noche anterior empezaban a confirmarse. El chico prosiguió:

—Tampoco le gusta que le den órdenes. No trabaja por la comida, es un amigo. Si le dices Arre o So se ofenderá, tiene su orgullo, pero si te ve tirando de la cuerda a su lado él tirará con todas sus fuerzas. No obedece, pero sí hace caso.

Al instante, pensé que diría algo sobre los ojos.

—Y cuando se le habla, hay que mirarle a los ojos —dijo para finalizar, y luego se fue con Aristos y la cesta hasta el montón de cascotes.

—Yo creo que Palo es un restaurador —le dije a Alta Mar.

—Es muy joven. Lo veo difícil. Después de nosotros apenas nacieron restauradores, puede que fuéramos de los últimos. Ahora, pocos niños se desmayan al intentar salir de Alagua.

—Puede que sea un excepción. Pero eso es lo de menos…

—A qué te refieres.

—Si Palo es un restaurador…si lo fuera…y deberíamos comprobarlo… O anoche yo estaba muy dormido, o  me parece que Aristos detecta a los restauradores.

—¡Qué!

Una sonrisa gigantesca se formó en la cara de Alta Mar. La posibilidad de formar una orquesta sólo de restauradores para estrenar el Preludio del promontorio volvía a estar en marcha. Si Aristos detectaba a los restauradores, podríamos comenzar la selección de músicos cuanto antes.

—Es un sueño, hay que impedir que Palo se vaya. ¿Lo entretienes tú o lo hago yo? —preguntó Alta Mar.

Cuando Palo nos hablaba a los dos, solía mirarme a mí, de modo que me encargué del asunto. Sabíamos que pronto aparecería por la obra Serena Fala, preocupada por la ausencia de uno de sus mejores alumnos, y nada dispuesta a verlo moviendo piedras, así que, aprovechando que la noche anterior su grupo había tocado el ReacTable, intenté enredar a Palo en una discusión sobre la Geometría de los acordes de Tymoczko, algo muy pedante pero que sonaba a conversación de altura. Yo tomé partido por el pentagrama, el registro plano y clásico de notas, esperando que él lo hiciera por el orbitfold, con sus pirámides fantásticas de acordes en tres dimensiones. Acerté, era un tema que le interesaba mucho, y aunque se mostró equilibrado prefiriendo en general el pentagrama y sólo para casos especiales el orbitfold, esto nos permitió hablar sobre armonías y contrapuntos, de manera que cuando Serena Fala se dejó caer por la obra nos encontró tan enzarzados que pedagógicamente le pareció una buena idea dejar al chico con nosotros unos cuantos días, lo que tardáramos en rematar el arco, le pedí, y ella concedió. O sea, Palo contento, ella contenta, todos contentos. Esa misma tarde, le pusimos a Palo una trampa.

Le dijimos que aprovechando su presencia, y su buena onda con Aristos, podíamos ir a buscar la enorme piedra que nos serviría para tallar la dovela central del arco, la clave, que se encontraba lejos de la escuela pero no le dijimos dónde. Buscamos dos neumáticos para Alta Mar y para mí, y allí nos fuimos los cuatro tirando del carro de las piedras por la cuesta que llevaba al Promontorio. Casi toda la fuerza la hacía Aristos, pero se le veía contento participando del grupo como un igual. Yo me coloqué al lado de Palo y en todo momento procuré distraerlo con mi estratégica conversación de altura. El muchacho entendía una barbaridad de música, algo especuló sobre la distancia cronotónica palma-silencio-palma que diferencia los distintos palos del flamenco, y me dejó totalmente perplejo. Desde luego, podía darme clases, y me hizo plantearme la necesidad de ponerme al día en la materia. También hablamos de mi obra, por supuesto, ¿hay algún autor capaz de evitarlo?, y Palo estuvo de acuerdo conmigo en que poseer y ser poseído por ciertas composiciones es a veces una misma cosa. Me caía bien aquel chico.

Más allá del Promontorio, llegamos a la barrera invisible a partir de la cual Alta Mar y yo no podíamos respirar. No era exactamente en el mismo punto, él podía avanzar unos cincuenta metros más, pero el agobio respiratorio comenzaba en aquella zona. La piedra, de color amarillo con vetas anaranjadas,  estaba a cien metros escasos de allí, clavada en el suelo. El resto de las dovelas del arco eran grises, aquél sería el detalle, la nota discordante y luminosa; vista desde lejos habría momentos en que no se la vería y el arco parecería estar flotando y desafiando la lógica. Palo nos miró con cierta tristeza y creo que en ese momento lo comprendió todo. Sus carnes se apretaron contra su cuerpo, se le puso cara de palo, quizá de ahí provenía su nombre, y cuando soltamos nuestras cuerdas del carro él siguió adelante. Estaba ofendido.

 

Puedo ver a Palo, alejándose con Aristos y el carro de las piedras, y puedo verlo enganchando la clave del arco, subiéndola al carro, y regresando en dirección a nosotros. Después sólo veo la niebla. Ya no hay imagen, sólo pensamientos, sin precisión en el tiempo.

Aquel día descubrimos que había restauradores jóvenes, pocos, pero diferentes a nosotros. Podían respirar más allá de la barrera, pero no querían hacerlo. Su cuerpo estaba capacitado pero no su mente. Palo era uno de ellos y había en él deseos de permanencia. Y Aristos lo sabía. En efecto, el burdégano era capaz de encontrar por instinto a un restaurador, y esa habilidad fue determinante para la formación de la orquesta que estrenaría el Preludio del promontorio, pero a la vez nos hizo dudar del exclusivismo que nos habíamos propuesto. ¿Era tan importante que todos los músicos de la orquesta fueran restauradores, aunque esto sólo sucediera el día del estreno? Quizá estábamos desafiando el espíritu de la música. Una duda que entonces se planteaba pero que tardaría tiempo en ser resuelta. Mientras tanto, aquella tarde, al regresar Palo con la clave del arco, Alta Mar le pidió en nombre de los dos que se encargara de la sección de percusión de la orquesta. Palo no respondió. No dijo nada. Pero siguió a nuestro lado y lo hizo.

El azar nos mueve, hay que acatarlo.

La niebla de carne

Cuántas veces la niebla del pensamiento se presenta inesperadamente y lo cubre todo y lo oculta todo y existe una posibilidad, no del todo vergonzosa, de huir y desaparecer hacia el interior.

No todas las cosas que uno recuerda están envueltas en la misma materia. Hay momentos de la vida que son rememorados con la descarga de luz hiriente que produjo el dolor, otros con la colchoneta mullida de la ternura, otros con un contrabajo machacón que obliga a caminar por ese pasaje del recuerdo a un ritmo determinado; otros te esclavizan con hierro, te arrastran con sonido de cadenas, y otros te permiten con indulgencia arrastrarte como culebra por ellos… La niebla en concreto sólo aparece cuando un hecho anodino ha sido manoseado por la mente hasta empañarlo de trascendencia. Mientras se vivía no se era importante,  fueron los acontecimientos futuros quienes le otorgaron relevancia, y es el tiempo el encargado de desvirtuarlo hasta hacerlo irreconocible. Se le adjudica un valor excesivo, se emplea mucho esfuerzo escrutando ese recuerdo, y con el paso del tiempo se acumulan sobre él capas de grasa rancia que impiden su visión. No es como la niebla real, de partículas de agua, insisto, es de grasa. Grasa tuya. Con el olor de tu cuerpo. Como si al recordar lloviera sobre ti tu propia manteca licuada.

                                                                                                            (continuará)

 

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